La Frecuencia de tu Piel

La Geografía del Deseo.

Mateo no se movió. Elena podía olerlo: era una mezcla de madera de palosanto, metal de las cuerdas y la salinidad de su propia piel. Estaba tan cerca que podía ver el vello oscuro que descendía por su pecho hasta perderse bajo el denim.

—Hablo de cómo me miras cuando crees que no te veo —susurró Mateo. Dio un paso más, obligando a Elena a retroceder hasta que sus lumbares chocaron con la mesa de madera—. Hablo de cómo te muerdes el labio cada vez que rasgueo una cuerda menor.

—Es solo música, Mateo. Eres bueno, siempre lo has sido.

—No es la música, Elena. Es la frecuencia. —Él apoyó ambas manos en la mesa, a cada lado del cuerpo de ella, encerrándola—. Sabes que algo ha cambiado. Sabes que si extiendo la mano ahora mismo y te toco, no vas a poder recordar el nombre de mi hermana.

Elena respiraba con dificultad. Sus ojos saltaron de los ojos de él a sus labios, y luego a sus manos. El deseo era una fuerza gravitatoria que la empujaba hacia adelante, hacia el calor de su pecho desnudo. Extendió una mano temblorosa, no para apartarlo, sino con la intención casi inconsciente de rozar el tatuaje que él tenía en el antebrazo.

—No deberías estar aquí —logró decir ella, aunque su voz carecía de convicción.

—Estoy en mi casa —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia ruda—. Pero tú estás en mi territorio. Y en este ático, las reglas de la planta de abajo no existen.

Él se inclinó más, su frente rozando la de ella. Elena cerró los ojos, esperando el impacto, deseando que el "punto de no retorno" llegara de una vez para dejar de luchar contra sí misma.




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