La Frecuencia de tu Piel

El Vértigo de lo Prohibido.

La tensión en el ático era tan densa que el menor movimiento parecía capaz de provocar una explosión. Mateo no la besó, no todavía. En lugar de eso, tomó la mano de Elena y la llevó hacia las cuerdas de la guitarra que descansaba sobre el soporte.

—Toca —ordenó él.

—Yo no sé tocar, Mateo.

—No importa. Siente la vibración.

Él se colocó detrás de ella, envolviéndola con su cuerpo. El contacto de su pecho desnudo contra la espalda vestida de Elena fue un cortocircuito. Los brazos de Mateo rodearon los suyos, guiando sus dedos sobre el mástil. El contraste entre la suavidad de la piel de Elena y la dureza de los dedos de Mateo era una metáfora de lo que estaba ocurriendo entre ellos.

—Si presiono aquí —dijo él al oído de ella, su aliento rozándole el lóbulo—, el sonido es oscuro. Si deslizo hacia abajo, es un lamento.

Elena no escuchaba la guitarra; escuchaba la sangre rugiendo en sus oídos. Se giró entre sus brazos, incapaz de soportar la tortura de tenerlo a la espalda. Ahora estaban cara a cara, sus cuerpos presionados en toda su longitud. La mirada de Mateo era oscura, hambrienta, despojada de cualquier pretensión de hermandad.

—Elena... —su nombre sonó como una oración y una amenaza a la vez.

—Si hacemos esto, nada volverá a ser igual —advirtió ella, aunque sus manos ya se habían enredado en el cabello húmedo de la nuca de Mateo.

—Nada ha sido igual desde que puse un pie en este aeropuerto —respondió él.

Justo cuando sus labios estaban a milímetros de distancia, el grito de Sofía desde la planta baja rompió el hechizo. "¡Elena! ¡La cena está lista!". Se separaron como si les hubieran dado una descarga eléctrica. Elena recogió el primer libro que encontró y salió del ático sin mirar atrás, con los labios ardiendo y el alma en pedazos por la interrupción.




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