Dos días después, el cielo de la ciudad se desplomó. Una tormenta de verano, violenta y repentina, transformó el jardín de los Vidal en un paisaje de sombras y agua. La luz se cortó a media tarde.
Elena estaba en el estudio de música del sótano, el único lugar con aislamiento acústico donde esperaba encontrar un poco de paz. Pero Mateo ya estaba allí. En la penumbra, iluminado solo por unas pocas velas que había encendido, parecía un fantasma de la pasión que ella intentaba negar.
—El piano está desafinado con la humedad —dijo él desde la oscuridad.
—Me voy, no sabía que estabas aquí.
—Mientes —dijo él, y esta vez no dejó que ella se diera la vuelta. Cruzó la habitación en dos zancadas y la interceptó junto a la puerta pesada del estudio.
Fuera, un trueno hizo vibrar los cimientos de la casa. Dentro, el silencio era absoluto. Mateo puso la mano sobre el picaporte, bloqueando la salida.