—No puedes huir siempre, Elena. Cada vez que me cruzo contigo en el pasillo, el aire arde. Sofía me pregunta qué me pasa, y tus padres creen que estoy enfermo. Y tienen razón. Estoy enfermo de ti.
Elena sintió que las lágrimas de frustración y deseo acudían a sus ojos. —Es que no lo entiendes. Si te beso, pierdo mi familia. Los pierdo a todos.
—Me ganas a mí —replicó él, su voz rompiéndose por primera vez—. ¿No es suficiente? Porque para mí, perderlo todo por cinco minutos contigo me parece el mejor trato de mi vida.
Él acortó la distancia final. Sus manos tomaron el rostro de Elena con una urgencia que no aceptaba un no por respuesta. La besó con la rabia de quien ha estado esperando años sin saberlo. Fue un beso que sabía a tormenta y a secretos guardados bajo llave. Elena soltó un gemido que se ahogó en la boca de Mateo, y todas sus defensas se desmoronaron como castillos de arena ante la marea.