La Frecuencia de tu Piel

La Entrega.

El beso se profundizó, volviéndose más desesperado, más hambriento. Elena se aferró a los hombros de Mateo, sus dedos hundiéndose en sus músculos, mientras él la empujaba suavemente contra la pared insonorizada del estudio. La textura de la espuma acústica a su espalda y el calor abrasador de Mateo al frente creaban un universo donde solo existía el tacto.

La mano de Mateo bajó por su espalda, trazando su curva hasta la cadera, levantándola para que ella pudiera enredar sus piernas alrededor de su cintura.

—Dime que me detenga ahora, Elena —gruñó él contra su cuello, marcando su piel con la posesividad de un hombre que no piensa dejarla ir—. Porque si no lo haces, no me detendré por nada en este mundo.

Elena lo miró a los ojos, viendo el reflejo de su propio deseo incendiario. —No te detengas —susurró—. No te atrevas a detenerte.

En la oscuridad del estudio, mientras la lluvia golpeaba el exterior y el mundo que conocían seguía su curso sin saber que todo había cambiado, Elena y Mateo cruzaron la frontera final. La culpa seguía ahí, acechando en las sombras, pero en ese momento, el ritmo de sus corazones era la única música que importaba.




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