La Frecuencia de tu Piel

El Rastro del Delito.

Sofía se levantó para buscar más café, dejando a Elena y Mateo solos por un breve momento mientras sus padres comentaban una noticia. Mateo aprovechó el ruido de la cafetera para inclinarse hacia Elena.

—Tienes el cuello sucio —susurró él, con una sonrisa que era mitad ternura y mitad pecado.

Elena se llevó la mano al cuello, aterrorizada. —¿Se ve? —susurró ella, con los ojos muy abiertos por el miedo.

—Solo si alguien sabe dónde mirar —respondió él, bajando la voz aún más—. Yo sé dónde mirar, Elena. Sé exactamente dónde puse cada marca.

—Eres un monstruo —siseó ella, aunque su pulso se aceleraba por la excitación, no por la ira.

—Soy el hombre que te hizo gritar mi nombre anoche mientras el mundo se quedaba a oscuras. No confundas los términos.

Sofía regresó con la cafetera, interrumpiendo el momento. —¿De qué habláis tanto? —preguntó con curiosidad, sirviendo café a Elena.

—De música —dijo Mateo, recostándose en su silla con una elegancia depredadora—. Elena me estaba diciendo que le gusta el ritmo de mis nuevas composiciones. Son... intensas.

Sofía rió, ajena al abismo que se abría bajo sus pies. —Te lo dije, Elena. Mi hermano es un intenso. Pero ten cuidado, su música es adictiva. Una vez que te entra en la cabeza, no puedes sacarla.

Elena bebió un sorbo de café amargo, sintiendo que el líquido le quemaba la garganta. Miró a su mejor amiga, la persona que más quería en el mundo, y luego a Mateo, el hombre que la estaba consumiendo. Sabía que la "normalidad" era una estructura de cristal a punto de romperse. Y lo peor de todo era que, a pesar del dolor en sus músculos y el miedo en su alma, solo podía pensar en cuándo volverían a estar a solas bajo la protección de la oscuridad.




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