La Frecuencia de tu Piel

El Silencio de los Cómplices.

Sofía siempre se había jactado de tener un "radar" para Elena. Podía detectar un cambio en su estado de ánimo por la forma en que amarraba sus zapatos o por el tipo de música que elegía para conducir. Por eso, tras una semana del regreso de Mateo, el silencio de su mejor amiga empezó a sonar como una alarma ensordecedora.

Elena ya no se quedaba a ver series hasta las dos de la mañana. Se inventaba "entregas de última hora" para la universidad y se encerraba en su estudio o, peor aún, se marchaba de la casa de los Vidal con una prisa que rozaba el pánico.

—Estás rara, El —dijo Sofía una tarde, mientras ambas estaban sentadas en el borde de la piscina.

Elena, que estaba fingiendo leer un plano de arquitectura, ni siquiera levantó la vista. El sol de la tarde resaltaba los ligeros círculos oscuros bajo sus ojos, fruto de las escapadas nocturnas al estudio de Mateo.

—Solo es el trabajo, Sofi. El proyecto del centro cultural me está consumiendo.

—No es el trabajo. Es un hombre —soltó Sofía, observando cómo Elena se tensaba de inmediato. Un pequeño temblor en la mano de su amiga no pasó desapercibido—. Te brilla la mirada de una forma que solo reconozco cuando alguien está... bueno, muy bien atendida. ¿Quién es? ¿Es el chico de las prácticas, ese tal Marcos?

Elena soltó una carcajada nerviosa, una que sonó demasiado aguda incluso para sus propios oídos. —¿Marcos? Por Dios, no. Es un niño. No hay nadie, de verdad.

Sofía no se dio por vencida. Notó cómo Elena guardaba su teléfono con la pantalla hacia abajo en cuanto llegaba un mensaje. No sabía que, al otro lado de esa pantalla, Mateo acababa de escribir: "El ático está vacío. Te espero en diez minutos. Trae ese perfume que me vuelve loco".

—Si hay alguien y no me lo cuentas, me voy a enfadar —continuó Sofía, medio en broma, medio en serio—. Se supone que no tenemos secretos. Somos las hermanas que el destino se olvidó de poner en el mismo útero.

Esa frase golpeó a Elena como un mazo. La culpa, que hasta ahora había sido un rumor de fondo, se convirtió en un grito. Miró a Sofía y por un momento estuvo a punto de confesarlo todo. Pero entonces, Mateo salió a la terraza, con la guitarra colgada al hombro y esa sonrisa perezosa que lo hacía parecer el hombre más inofensivo del mundo.

—¿De qué se queja tanto mi hermanita? —preguntó él, pasando una mano por el cabello de Sofía antes de dejar que sus ojos se deslizaran hacia Elena con una intensidad que casi la hizo arder.

—Elena tiene un novio secreto y no me lo quiere decir —bufó Sofía.

Mateo arqueó una ceja, disfrutando del peligro. Se sentó en la tumbona de al lado, demasiado cerca de Elena. —¿Un novio? Vaya, Elena. No sabía que tenías tiempo para esas cosas entre tanto... diseño.




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