A la mañana siguiente, Sofía decidió cambiar de táctica. No confrontaría a Elena, no todavía. Quería pruebas. Si su hermano estaba involucrado en el "noviazgo secreto" de su mejor amiga, tenía que saber hasta qué punto.
Durante el almuerzo, lanzó un cebo. —He estado pensando en organizar una cita a ciegas para Elena —dijo Sofía, observando las reacciones en la mesa—. Mi primo Javier ha vuelto de Londres y siempre ha tenido un flechazo con ella. ¿Qué te parece, Mateo? ¿No crees que harían buena pareja?
Mateo, que estaba cortando un filete, se detuvo en seco. La mandíbula se le tensó tanto que Sofía pudo ver el músculo trabajar bajo su piel. —Javier es un idiota —dijo Mateo con una frialdad cortante—. Y Elena no necesita que nadie le busque pareja. Sabe elegir por sí misma.
—Vaya, qué protector —rió Sofía, aunque sus ojos eran como dos dagas—. Solo es una cena. Elena, ¿qué dices tú?
Elena estaba pálida, mirando su copa de vino como si buscara una salida de emergencia en el fondo del cristal. —Yo... ahora no tengo cabeza para citas, Sofi. Gracias, pero no.
—¿Ves? —insistió Mateo, recuperando su tono sarcástico, aunque sus ojos seguían echando chispas—. Déjala en paz. No todos necesitan estar en una relación para ser felices.
Esa tarde, Sofía aprovechó que Elena entró en la ducha para revisar su bolso. Sabía que estaba mal, que estaba traicionando su confianza, pero la duda la estaba matando. No encontró cartas de amor ni fotos sospechosas. Pero en el bolsillo interior, encontró algo que la dejó helada: una púa de guitarra personalizada, con las iniciales M.V. grabadas en plata.
Era la púa favorita de Mateo. La que él decía que le traía suerte y que nunca prestaba a nadie.
Sofía cerró el bolso con manos temblorosas. El rompecabezas estaba completo, y la imagen que revelaba era una traición que no sabía si podría perdonar. Su mejor amiga y su hermano. Bajo su propio techo.
En ese momento, la puerta del baño se abrió y Elena salió, envuelta en una toalla, con el vapor de la ducha rodeándola. Se detuvo al ver a Sofía sentada en su cama con la púa en la mano.
El silencio que siguió no fue el de las amigas que lo comparten todo. Fue el silencio previo a una ejecución.