Las condiciones de Sofía fueron una tortura china diseñada para probar la resistencia de la pareja. Para mantener su silencio, Elena y Mateo tenían prohibido estar a solas en cualquier lugar de la casa. Sofía se convirtió en una sombra, una chaperona implacable que aparecía en cada rincón.
Esa noche, Mateo intentó entrar en la habitación de Elena, pero se encontró con Sofía sentada en el pasillo, leyendo un libro con una calma aterradora.
—Vuelve a tu cuarto, hermanito —dijo Sofía sin levantar la vista—. Elena tiene que descansar para su tesis.
—Sofi, esto es ridículo —gruñó Mateo, con los puños cerrados—. Elena y yo somos adultos.
—Y yo soy la dueña del secreto que podría hacer que papá te eche de casa y le quite las llaves a tu "novia". Así que, a tu cuarto. O bajo ahora mismo a la cocina y le enseño a mamá la púa que encontré en el bolso de Elena.
Mateo retrocedió, lanzando una mirada de furia hacia la puerta cerrada de Elena. Dentro, Elena escuchaba todo, mordiéndose las uñas hasta sangrar. La pasión, que antes se alimentaba del riesgo, ahora empezaba a verse sofocada por la vigilancia.
La segunda condición de Sofía fue aún más cruel: Elena debía aceptar salir con Javier, el primo que Sofía había mencionado. Tenían que mantener las apariencias de que Elena seguía siendo una mujer "disponible" y ajena a Mateo.
El viernes por la noche, Elena se vio obligada a vestirse para una cena con Javier bajo la mirada satisfecha de Sofía y la mirada asesina de Mateo, que estaba sentado al piano del salón, aporreando las teclas con una disonancia que hacía doler los oídos.
—Estás preciosa, Elena —dijo la señora Vidal, ajustándole el collar—. Javier es un chico tan noble. Hacéis una pareja encantadora.
Elena sintió que el estómago se le revolvía. Miró a Mateo por encima del hombro de la señora Vidal. Él se puso en pie, con los ojos inyectados en sangre. —Me voy al estudio —soltó él, sin despedirse de nadie.