La Frecuencia de tu Piel

La Maleta de los Recuerdos.

Elena no encendió la luz. No quería que las sombras de la habitación de invitados le recordaran quién era antes de que Mateo regresara. Con movimientos mecánicos, empezó a meter su vida en dos maletas de lona. Cada prenda que doblaba se sentía como un trozo de piel que se arrancaba. El vestido azul que usó en el cumpleaños de la madre de Sofía; la sudadera que le robó a su mejor amiga hace tres años; los planos de su tesis que olían a la madera del ático.

—Es por ellas —se repetía en un susurro, mientras el nudo en su garganta amenazaba con asfixiarla—. Por Sofía. Por su madre. Por la paz que les robé.

La decisión se había cristalizado tras el último encuentro en el estudio. Había visto el dolor en los ojos de Sofía, una grieta que ninguna cantidad de silencio podría reparar. Elena entendió que mientras ella estuviera en esa casa, el aire seguiría envenenado. No podía ser el motivo por el cual una hermana odiara a un hermano.

Eran las cuatro de la mañana. Dejó una nota sobre la cama, escrita con una caligrafía temblorosa que las lágrimas habían emborronado en los márgenes. No era una nota para Mateo; era para Sofía. Una súplica de perdón y una promesa de desaparecer para que el orden volviera a los Vidal.

Salió de la habitación descalza, cargando las maletas para no hacer ruido. Al pasar por la puerta de Mateo, se detuvo. Podía oír su respiración pesada al otro lado de la madera. El impulso de entrar, de besarlo una última vez y dejar que sus manos borraran su resolución, fue una tortura física. Pero Elena apretó los dientes y siguió bajando.

Cerró la puerta principal con un clic casi inaudible. El aire de la madrugada era frío y olía a tierra mojada. Caminó hasta su coche, tiró las maletas en el asiento trasero y arrancó sin encender las luces hasta que estuvo fuera de la propiedad. En el espejo retrovisor, la mansión de los Vidal se hacía pequeña, y con ella, el único lugar que Elena había llamado hogar. Lo que no sabía era que, en el tercer piso, una ventana se había iluminado justo antes de que ella doblara la esquina.




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