La Frecuencia de tu Piel

El Punto de No Retorno.

Elena llegó a la cabaña justo cuando el sol terminaba de salir. Estaba agotada, con el alma exhausta de tanto llorar. Bajó del coche y respiró el aire puro de los pinos, tratando de convencerse de que este era el comienzo de su sanación. Pero el silencio de la montaña le resultaba insoportable; le faltaba la armonía de una guitarra de fondo.

Entonces, lo escuchó. Un sonido mecánico, violento, que se acercaba a toda velocidad por el camino de grava.

Elena se giró y vio la moto de Mateo derrapando hasta detenerse frente a ella. Él se bajó de un salto, dejando que la moto cayera sobre el costado, sin importarle el daño. Tenía el pelo revuelto por el viento y los ojos encendidos de una forma que la hizo temblar.

—¿Creías que iba a dejarte ir así? —dijo él, caminando hacia ella con paso firme—. ¿Creías que una nota y una maleta iban a borrar lo que hiciste conmigo en ese estudio?

—Mateo, vete. He arruinado tu relación con Sofía. No puedo vivir sabiendo que soy el cuatitubí de tu familia.

Mateo la agarró por los hombros, sacudiéndola con suavidad. —¡Tú no eres un cuatitubí, Elena! Eres mi centro. Sofía tendrá que aprender a vivir con eso, o tendrá que aprender a echarme de menos. Pero no voy a dejar que te escondas en este agujero por una culpa que no te pertenece.

Él la besó entonces, un beso que sabía a victoria, a sudor y a una promesa inquebrantable. Elena intentó luchar un segundo, golpeando su pecho con los puños, pero sus dedos terminaron enredándose en su camiseta, atrayéndolo más hacia ella.

—No puedo estar sin ti —susurró ella contra sus labios—. Pero tengo miedo.

—Entonces ten miedo conmigo —respondió Mateo, levantándola en peso y llevándola hacia la entrada de la cabaña—. Porque a partir de hoy, no hay más secretos. No hay más reglas de Sofía. Solo estamos tú, yo y la música que hagamos juntos.

Esa mañana, en la soledad de la sierra, la pasión no fue un acto de traición, sino de fundación. Elena comprendió que a veces, para salvar a una familia, primero hay que romperla y reconstruirla sobre la base de la verdad. Mateo no volvió a tocar la guitarra ese día; no la necesitaba. El ritmo de sus cuerpos contra la madera vieja de la cabaña era la única melodía que el universo necesitaba escuchar.




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