Se mudaron a un pequeño apartamento en el centro, un lugar que olía a pintura fresca y a una libertad forzada. Pero el ambiente era denso. Sin el refugio de la familia y sin el secreto que alimentaba la adrenalina, la realidad se impuso.
Mateo se encerraba en el estudio durante días, tratando de componer, pero su música se había vuelto oscura, errática. Elena, por su parte, no podía concentrarse en su tesis. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro decepcionado de la madre de Sofía.
La desconfianza empezó a filtrarse por las grietas. Elena recibía llamadas de Sofía, que ahora alternaba entre el llanto y el insulto. Mateo, al ver a Elena llorar, reaccionaba con una posesividad asfixiante.
—Deja de hablar con ella, Elena. Ya no son tus amigos. Ahora me tienes a mí —le decía él, quitándole el teléfono de las manos.
—No son solo amigos, Mateo. Eran mi vida. Tú llegaste y en un mes lo borraste todo.
—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que soy para ti? ¿Un error que borró tu vida perfecta? —La voz de Mateo subió una octava, perdiendo esa cadencia melódica que la enamoró—. Yo dejé mi carrera en Boston por volver aquí. He renunciado a mi familia por ti.
—¡Nadie te pidió que renunciaras a nada! —gritó Elena—. ¡Tú simplemente tomas lo que quieres sin pensar en las consecuencias! Eres como tu música, Mateo: puro ruido y nada de estructura.
El silencio que siguió fue absoluto. Mateo dejó la guitarra sobre el sofá con una brusquedad que hizo que una de las cuerdas se partiera con un chasquido seco. Ese sonido fue el epitafio de su romance.