La ausencia de Elena en el apartamento se sentía como una frecuencia sorda que lo volvía loco. Mateo no limpió el lugar durante semanas; las partituras se acumulaban en el suelo junto a botellas vacías de Bourbon de gama alta. El éxito, irónicamente, llegó cuando él dejó de buscarlo. Una productora internacional escuchó los demos que grabó durante sus noches de insomnio —canciones cargadas de un odio y un deseo tan crudos que resultaban magnéticos— y lo catapultó a la fama.
Pero Mateo estaba vacío. Cada concierto era un ejercicio de masoquismo. Se subía al escenario, miraba a la multitud de rostros anónimos y solo buscaba una melena castaña que nunca estaba allí. Empezó a llenar el silencio con exceso. Fiestas en hoteles de lujo, mujeres que conocían su nombre pero no su historia, y una guitarra que ya no sonaba a refugio, sino a arma de guerra.
Una noche en Londres, tras un lleno total en el Royal Albert Hall, Mateo se encontró solo en su suite, rodeado del rastro de una fiesta que no recordaba haber disfrutado. Se miró al espejo y no vio al músico brillante de Boston, sino a un extraño con ojeras profundas y manos que temblaban. Cogió la guitarra y trató de tocar la melodía que solía calmar a Elena, pero sus dedos se negaron. La música se había vuelto una mercancía, y sin ella para escucharla, no era más que ruido caro.