El segundo mes de su gira europea fue una espiral de decadencia. Su manager, un hombre que solo veía cifras, celebraba que el "aire atormentado" de Mateo vendía discos. Pero Mateo estaba perdiendo el juicio. En París, se negó a salir a tocar porque el olor de un perfume en el camerino le recordó a la vainilla que Elena solía usar.
Empezó a gastar dinero de forma compulsiva, comprando guitarras que no tocaba y coches que no conducía. La relación con su familia estaba muerta; Sofía no respondía a sus mensajes y sus padres habían borrado su nombre de las conversaciones dominicales. El éxito vacío le recordaba a cada segundo el precio que había pagado: se había quedado con la gloria y había perdido el alma.
—Estás a un paso de colapsar, Mateo —le advirtió su bajista una noche tras un altercado en un bar de Berlín.
—Ya colapsé el día que cerró esa puerta —respondió él, bebiendo directamente de la botella—. Ahora solo estoy esperando a que el suelo me alcance.
Esa noche, Mateo escribió su canción más famosa, “La Mitad de un Acorde”. Era una balada desesperada, una confesión pública de que todo el dinero y los aplausos del mundo no podían llenar el espacio de una mujer que se había marchado con la verdad bajo el brazo.