Para el tercer mes, Mateo tocó fondo. Durante una grabación en Ámsterdam, se desmayó en el estudio. El diagnóstico fue agotamiento crónico y abuso de sustancias. La discográfica detuvo la gira, pero el daño ya estaba hecho. Mateo se vio obligado a recluirse en una clínica de reposo en los Alpes suizos.
Allí, rodeado de un silencio blanco y gélido, tuvo que enfrentarse a la música sin el ruido del público. Pasó días enteros mirando las montañas, dándose cuenta de que su rebelión contra los Vidal no había sido por libertad, sino por ego. Había usado a Elena como un trofeo de su independencia, y al hacerlo, la había roto.
Una tarde, en la sala de música de la clínica, tomó una guitarra española vieja. Por primera vez en meses, no intentó impresionar a nadie ni canalizar su rabia. Tocó una melodía simple, pura, casi infantil. Fue entonces cuando lloró. Lloró por la familia que perdió, por la hermana a la que traicionó y, sobre todo, por Elena, a quien amó de la forma más egoísta posible.