Mientras Mateo se hundía en el lujo y el caos, Elena se hundía en el anonimato. Se mudó a una ciudad costera pequeña, donde nadie conocía el apellido Vidal y donde su historia no era más que un murmullo en su propia cabeza. Alquiló una habitación pequeña encima de una panadería y aceptó un trabajo como dibujante técnica en un estudio de ingeniería local.
Sus manos, que antes temblaban por la tensión de Mateo, ahora se movían con una precisión quirúrgica sobre los planos. El trabajo se convirtió en su meditación. Reconstruir su carrera desde cero significaba aceptar los proyectos más humildes: reformas de baños, diseños de cocinas, cálculos de estructuras simples.
Cada mañana, antes de que saliera el sol, Elena corría por la playa. El sonido del mar sustituyó al de la guitarra. El agua fría en sus pies le recordaba que seguía viva, aunque se sintiera como un edificio después de un terremoto: todavía en pie, pero con grietas que nunca se cerrarían del todo. No buscaba amor, no buscaba pasión; buscaba estabilidad. Quería volver a ser la Elena que no necesitaba a nadie para sentirse completa.