La Frecuencia de tu Piel

El Rastro de las Canciones.

Fue inevitable. Un día, mientras compraba suministros en una papelería, la radio empezó a emitir “La Mitad de un Acorde”. Elena se quedó paralizada, con un lápiz de grafito en la mano. Era la voz de Mateo. Estaba más rota, más profunda, y las letras hablaban de una "pequeña arquitecta de sombras".

El mundo entero estaba escuchando su dolor privado. Elena sintió una mezcla de náuseas y una punzada de orgullo herido. Él había convertido su tragedia en un producto de consumo. Pero, al mismo tiempo, la música la llamaba de vuelta a una vida que ella había jurado dejar atrás.

—¿Te gusta esa canción? —le preguntó la dependienta—. Es el nuevo chico de oro. Dicen que está loco.

—Es solo ruido —respondió Elena, aunque su corazón latía con una fuerza que le dolía en la garganta.

Esa noche, Elena regresó a su habitación y, por primera vez, abrió su viejo cuaderno de bocetos. No dibujó edificios. Dibujó el ático, la luz filtrándose por el tragaluz y la espalda de un hombre que nunca supo cómo quedarse. Se dio cuenta de que reconstruirse no significaba olvidar, sino integrar las ruinas en el nuevo diseño.




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