Al sexto mes, Elena recibió una noticia que lo cambió todo. Su proyecto para el centro cultural, aquel que había empezado en la casa de los Vidal, había ganado un premio nacional de arquitectura joven. La noticia venía acompañada de una oferta para dirigir la construcción en Madrid.
Significaba volver. Significaba enfrentarse a Sofía, a los padres de Mateo y, posiblemente, a Mateo mismo, quien ya estaba de vuelta en España tras su rehabilitación.
Elena se miró en el espejo. Ya no era la chica asustada que huía con una maleta de lona bajo la lluvia. Se había cortado el pelo, su mirada era más firme y su cuerpo ya no buscaba la protección de nadie. Había construido su propia carrera con sus propias manos, sin el apellido de los Vidal y sin la música de Mateo.
—Estoy lista —se dijo, cerrando la maleta.
Esta vez no huía de nada. Iba a reclamar su lugar en el mundo, no como la "mejor amiga de" ni como la "amante de", sino como Elena. La mujer que había aprendido que la estructura más fuerte es aquella que se levanta después de haber sido reducida a escombros.