La galería de los Vidal era un espacio diáfano, lleno de luz y de la alta sociedad madrileña. Elena entró sola, vestida con un vestido negro de seda que se movía como el humo. Al entrar, sintió todas las miradas sobre ella. Era la "hija pródiga" que regresaba convertida en una eminencia de la arquitectura.
Sus ojos buscaron a los señores Vidal. El reencuentro fue breve y educado, lleno de esa cortesía fría que duele más que un insulto. Pero entonces, la luz de la sala se atenuó.
Un foco se encendió en el pequeño escenario del fondo. Mateo salió caminando con la guitarra en la mano. Ya no era el chico rebelde; había una autoridad tranquila en su forma de moverse. Estaba sobrio, se notaba en la claridad de su piel y en la fijeza de su mirada. Se sentó en el taburete y, antes de tocar la primera nota, sus ojos barrieron la sala hasta que la encontró a ella.
El tiempo se detuvo. Elena sintió el mismo tirón en el pecho que la primera noche en la cocina, pero ahora era diferente. Ya no era una presa; era una igual. Mateo ajustó el micrófono.
—Esta canción —dijo él, sin apartar la vista de Elena— trata sobre las estructuras que no pudimos sostener.