La Frecuencia de tu Piel

La Melodía del Cristal.

La música de Mateo ya no era el ruido desesperado de sus meses de exceso. Era limpia, compleja y devastadoramente hermosa. Cada acorde parecía una pregunta dirigida directamente a Elena. La letra hablaba de planos, de cimientos y de cómo el amor, a veces, es la parte más inestable de un edificio.

Elena se quedó inmóvil, dejando que la música la atravesara. Podía sentir el calor de Mateo desde el escenario, una energía que la llamaba a gritos. Cuando terminó, el aplauso fue atronador, pero él dejó la guitarra y bajó del escenario antes de que cesara, caminando directamente hacia donde ella estaba.

—Has vuelto —dijo él. Su voz era la misma frecuencia que todavía habitaba en los sueños de Elena.

—He vuelto a trabajar, Mateo. Madrid es pequeño.

—Estás increíble. Sofía me dijo que habías ganado el premio. No me sorprendió. Siempre fuiste la que tenía la visión clara, mientras yo solo hacía ruido.

—No era solo ruido —admitió ella, sintiendo que sus defensas empezaban a agrietarse ante su cercanía—. Pero el ruido nos dejó sordos, Mateo.

—Ahora hay silencio —respondió él, dando un paso más, invadiendo ese espacio que ella había jurado proteger—. Estoy limpio. He vuelto a la música por las razones correctas. ¿Podemos hablar? Fuera de este circo.




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