El reclutamiento no fue una elección, sino un decreto. Un conflicto fronterizo que nadie entendía había escalado hasta llamar a las reservas, y Mateo, por un tecnicismo legal de su doble nacionalidad o una deuda con el destino, terminó con el cabello rapado y un uniforme de camuflaje que le quedaba grande en el alma.
El campamento base era un infierno de barro y gritos de sargentos que no sabían quién era el "músico de oro". Aquí, su nombre no valía nada; su música era el estruendo de los morteros y el silbido del viento entre las tiendas de campaña.
Querida Elena:
Te escribo desde un lugar que no está en los mapas, o al menos no en los que tú y yo solíamos dibujar. Mis manos, las que tú decías que eran de seda, ahora están llenas de ampollas y pólvora. No me dejan traer la guitarra, pero anoche, mientras hacía guardia, rasgueé las cuerdas invisibles del aire. La melodía era tu nombre.
Perdóname por irme justo cuando empezábamos a construir. Siento que el universo me está castigando por haber sido tan egoísta antes. Aquí la vida se mide en minutos de silencio entre ataques. Mi único refugio es cerrar los ojos y recordar el olor de tu cuello en la galería. Por favor, no me olvides entre tus planos y tus edificios de cristal. Tú construyes el mundo; yo solo trato de que no lo destruyan todo antes de volver.