El estruendo no tuvo música. No hubo un crescendo heroico, solo un destello blanco seguido de una presión insoportable que lo lanzó hacia atrás, como si el mismo suelo lo estuviera escupiendo. Mateo no sintió dolor al principio, solo un zumbido agudo, la nota más alta y pura que jamás hubiera escuchado, una frecuencia que parecía querer arrancarle los tímpanos.
Cuando abrió los ojos, el cielo estaba cubierto por un velo de tierra y humo. Intentó moverse, pero su brazo derecho, su mano de músico, estaba atrapado bajo un amasijo de metal y madera. El frío de la nieve empezó a mezclarse con el calor pegajoso de su propia sangre.
—Elena —susurró, pero su voz no salió.
En la penumbra de su consciencia, el campo de batalla empezó a transformarse. Ya no estaba en la trinchera; estaba en el ático de los Vidal. Podía ver el polvo bailando en los rayos de luz que entraban por el tragaluz. Podía oler el perfume de vainilla de ella. Mateo cerró los ojos y se obligó a visualizar cada plano que Elena le había enviado. Se imaginó caminando por el pasillo de esa casa que ella diseñó, tocando las paredes de hormigón que ella había calculado con tanta precisión.
"No te mueras aquí, músico", se dijo a sí mismo, mientras la oscuridad empezaba a ganar terreno. "Si mueres aquí, ella se quedará con un edificio vacío y una canción a medias". Con la mano izquierda, buscó frenéticamente en el bolsillo de su pecho. Sus dedos rozaron el metal frío de la púa de plata. El contacto fue como una descarga eléctrica que lo mantuvo anclado a la vida mientras el mundo se desvanecía en negro.