La carta llegó. No era la caligrafía de Mateo, y por un segundo, Elena sintió que el mundo se acababa. Pero al leer las primeras palabras —"Dígale que estoy vivo"—, cayó al suelo de la cocina, sollozando con una violencia que le desgarró la garganta.
Estaba vivo. Roto, quizás, pero vivo.
Esa tarde, Elena fue al auditorio. Encendió todas las luces, inundando el espacio de una claridad cegadora. Se subió al escenario y tocó las paredes de madera.
—Está volviendo —le susurró al edificio—. Prepárate. Tienes que sonar mejor que nunca.
Elena empezó a escribirle de vuelta todos los días, aunque sabía que las cartas tardarían semanas en llegar al hospital de campaña. Le enviaba descripciones sensoriales de Madrid, del sabor del café que tomarían, del tacto de las sábanas nuevas que había comprado. Le enviaba esperanza en dosis industriales, tratando de compensar la metralla que él llevaba en el cuerpo. Se convirtió en la arquitecta no solo de su carrera, sino de la recuperación de Mateo, construyendo un puente de palabras sobre el océano de dolor que los separaba.