El regreso fue un desfile de sombras. Mateo viajó en un tren lleno de hombres heridos, cruzando fronteras que ya no significaban nada. Su mano derecha seguía débil, pero podía mover los dedos lo suficiente como para sostener una pluma de nuevo.
Escribió su última carta desde la frontera, antes de que le confiscaran el papel para los trámites de desmovilización.
Elena:
Ya no hay más cartas. La próxima vez que escuches mi voz, no será a través de un papel manchado de barro. Estoy en el tren. Veo los campos pasar y solo pienso en que cada vuelta de la rueda me acerca a tu estructura.
No sé si el hombre que vuelve es el que esperas. He visto demasiado silencio, Elena. Pero he guardado la púa. Está rayada y desgastada, como yo, pero sigue siendo de plata. Prepárate, arquitecta. Necesito que me enseñes a vivir en un mundo donde las paredes no se caen.