El apartamento de Elena en el centro de Madrid era un prodigio de diseño: techos altos, paredes de hormigón visto y grandes ventanales que filtraban la luz de las farolas. Era el hogar que ella había construido como un refugio, pero esa primera noche, con Mateo dentro, se sentía como una caja de resonancia para el silencio.
Elena lo observaba mientras él dejaba su pequeña mochila militar en el suelo de madera. Él se movía con una cautela extraña, como si esperara que el suelo fuera a ceder bajo sus pies. No se acercó a besarla de nuevo; en su lugar, se quedó de pie frente al ventanal, mirando el tráfico con una fijeza inquietante.
—Es demasiado brillante —dijo él. Su voz sonaba oxidada, como si le costara encontrar el volumen adecuado después de meses de susurros en las trincheras.
—Puedo bajar las persianas, Mateo. Todo es domótico, puedes controlarlo desde aquí —respondió ella, acercándose con suavidad, intentando no asustarlo.
Cuando finalmente se sentaron a cenar, el ruido de los cubiertos contra la porcelana parecía el estallido de un proyectil. Elena había preparado su comida favorita, pero Mateo apenas probó bocado. Su mano derecha, la que antes manejaba las cuerdas con la agilidad de un dios, descansaba sobre la mesa, rígida, con los dedos ligeramente curvados hacia adentro.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando Elena intentó tomar esa mano entre las suyas. Mateo la retiró de inmediato, escondiéndola bajo la mesa como si fuera una vergüenza.
—Todavía no, El —susurró él, sin mirarla—. Siento que todavía tengo la pólvora pegada a los poros. No quiero que me toques y sientas lo que yo siento.
Esa noche dormir juntos fue una batalla silenciosa. Elena sentía el calor de su cuerpo al lado, pero él estaba a kilómetros de distancia. Mateo no se movía, pero ella podía oír su respiración errática, el ritmo de un hombre que está despierto vigilando una amenaza que no existe en el Madrid del siglo XXI.