La Frecuencia de tu Piel

El Grito de las Cuerdas Mudas.

A la mañana siguiente, Elena se despertó con el sonido de algo cayendo al suelo. Corrió al salón y encontró a Mateo sentado frente a su guitarra favorita, la Gibson acústica que ella le había guardado como un tesoro. La guitarra estaba en la alfombra, y Mateo miraba su mano derecha con un odio puro, una rabia contenida que hacía que le temblara toda la mandíbula.

—No responde —dijo él. No había tristeza en su voz, solo una frustración gélida—. El cerebro da la orden, pero el nervio está muerto. Es como intentar mover una piedra con la mente.

—Es cuestión de tiempo y fisioterapia, Mateo. El médico dijo que...

—¡El médico no sabe lo que es vivir de la vibración! —rugió él, poniéndose en pie—. Si no puedo tocar, Elena, soy solo un hombre que sabe matar y pasar frío. No tengo nada que ofrecerte en este mundo de edificios bonitos y premios de arquitectura.

Él intentó recoger la guitarra con la mano izquierda, pero la torpeza del movimiento lo frustró aún más. Elena se acercó y, por primera vez, se impuso. Le tomó la mano herida con firmeza, obligándolo a mirarla.

—No te amo por tus dedos, Mateo. Te amo por la frecuencia que hay dentro de ti. Si tienes que aprender a tocar con los pies, o si solo tienes que silbar, yo estaré aquí para escucharte. Pero no permitas que la guerra te robe también el presente.

Mateo se derrumbó contra su hombro. El llanto que no había salido en el hospital de campaña, ni en el tren, ni en la inauguración, estalló entonces. Era un llanto seco, desgarrador, el sonido de una estructura interna colapsando. Elena lo sostuvo, sintiendo que su propio corazón se rompía en mil pedazos. Entendió que su trabajo no era ser su amante, sino ser su arquitecta de reconstrucción personal.




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