Pasaron las semanas y la rutina se volvió una forma de medicina. Elena lo llevaba a las sesiones de rehabilitación cada tarde, esperando en la sala de espera mientras Mateo gritaba de dolor mientras los terapeutas intentaban despertar los nervios dormidos de su antebrazo.
Sin embargo, el verdadero conflicto no era físico. Mateo sufría de lo que los médicos llamaban "hipervigilancia". Cualquier ruido fuerte —una moto acelerando, un petardo, un portazo— lo hacía lanzarse al suelo o buscar cobertura.
Un viernes, Sofía fue a visitarlos. Intentó ser la misma de antes, alegre y despreocupada, pero el ambiente en el apartamento era pesado.
—He organizado una cena con papá y mamá —dijo Sofía, tratando de forzar una sonrisa—. Quieren que vayáis. Quieren pedir perdón oficialmente.
Mateo, que estaba intentando abrocharse los botones de la camisa con una sola mano, se detuvo. —No puedo, Sofi. No puedo sentarme en esa mesa de madera noble y pretender que no he visto el mundo arder. Siento que si entro en esa casa, el techo se me va a caer encima.
—Es tu familia, Mateo —insistió Sofía, mirando a Elena buscando apoyo.
Elena miró a Mateo y vio el pánico real en sus ojos. Comprendió que obligarlo a volver a la "normalidad" de los Vidal era como obligarlo a caminar por un campo minado.
—Iremos cuando estemos listos, Sofía —intervino Elena, marcando su territorio—. Por ahora, nuestra familia somos nosotros dos en este apartamento. Y eso tiene que ser suficiente.
Cuando Sofía se fue, Mateo se acercó a Elena y apoyó su frente contra la de ella. —Gracias por no obligarme a ser el Mateo de antes —susurró.
—El Mateo de antes no habría sobrevivido a lo que tú sobreviviste —respondió ella—. Vamos a construir una versión nueva. Una que no necesite guitarras de diez mil euros ni la aprobación de sus padres para saber quién es.
Pero esa noche, mientras Elena dormía, Mateo se levantó y se encerró en el baño. Encendió el grifo para ocultar el sonido y, con un cuchillo de cocina, empezó a raspar las cicatrices de su brazo, en un intento desesperado por "sentir" algo, cualquier cosa que le recordara que seguía siendo carne y hueso, y no solo el eco de una explosión. La lucha por su cordura apenas estaba comenzando.