La Frecuencia de tu Piel

La Distancia en el Dial.

Los primeros meses en Berlín fueron un infierno de cables y frustración. Mateo le escribía correos cortos, escritos con dificultad con su mano no dominante. Le hablaba de los electrodos, del dolor de cabeza constante que le provocaba la estimulación neuronal y de la soledad insoportable de los laboratorios alemanes.

Elena, en Madrid, se sumergió en el trabajo para no volverse loca. El centro cultural ya estaba en funcionamiento, pero ella evitaba pasar por el auditorio. Le dolía demasiado ver el escenario vacío. Se convirtió en una sombra en su propia oficina, dirigiendo proyectos de lujo mientras su propia vida carecía de la estructura más básica.

Una noche, Mateo la llamó por vídeo. Estaba más delgado, con el cabello algo más largo, pero sus ojos tenían una luz distinta. Estaba en un estudio lleno de sintetizadores y pantallas.

—Escucha —le dijo él.

Elena contuvo el aliento. A través de la mala conexión de internet, empezó a sonar un sonido que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. No era una guitarra, no era un piano. Era una frecuencia líquida, algo que subía y bajaba con la cadencia de una respiración humana. Tenía una belleza melancólica, una profundidad que parecía nacer del mismo centro de la tierra.

—Eso soy yo —susurró Mateo—. El programa está traduciendo mis pensamientos sobre ti en sonido. No necesito la mano derecha, El. Solo necesito pensar en cómo me mirabas en el ático.

Elena empezó a llorar frente a la pantalla de su ordenador. Era el reencuentro más extraño y hermoso que podía imaginar. Mateo estaba a miles de kilómetros, conectado a una máquina en Berlín, pero su alma estaba allí mismo, acariciándola a través de los altavoces de su portátil.

—Es precioso, Mateo —logró decir ella—. Es la arquitectura de tu mente.

—Pero no es suficiente —respondió él, y la tristeza volvió a nublar su rostro—. La máquina me da el sonido, pero no me da tu calor. Estoy sanando, Elena, pero cada vez que compongo algo nuevo, me doy cuenta de que este éxito no vale nada si no estás tú para verlo nacer.

La separación estaba cumpliendo su propósito: Mateo estaba recuperando su identidad como creador. Pero al hacerlo, ambos se daban cuenta de que el precio de su arte era un exilio que ninguno de los dos estaba seguro de poder soportar por mucho más tiempo. La tecnología había salvado al músico, pero ¿podría salvar al hombre y a la mujer que seguían esperando que el mundo dejara de interponerse entre ellos?




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