Elena estaba sentada en su oficina de Madrid, rodeada de planos de un nuevo proyecto en París, pero su mente estaba en una pantalla de televisión. Mateo estaba siendo entrevistado en un programa nocturno de máxima audiencia en Estados Unidos. Se veía elegante, misterioso con su guante negro, pero sus ojos... sus ojos buscaban algo más allá de la cámara.
—¿Es cierto que la inspiración para su tema 'Arquitectura del Alma' proviene de un amor perdido? —preguntó la presentadora con una sonrisa sugerente.
Mateo dudó. Elena contuvo el aliento, apretando el lápiz de grafito hasta que se partió en sus manos.
—Es la música de alguien que aprendió que las paredes más fuertes son las que se construyen en el aire —respondió Mateo, una respuesta ensayada por Thorne. No mencionó su nombre. No mencionó Madrid.
Esa noche, Elena recibió una llamada de un número oculto. Era Mateo, hablando desde el baño de un hotel en Los Ángeles.
—No me dejan llamarte, El —susurró él. Se oía el ruido de una fiesta de fondo, un murmullo de risas y copas que a Elena le pareció obsceno—. Thorne dice que cada vez que hablo contigo, mi frecuencia neuronal se altera y el equipo de síntesis se descalibra. Me están tratando como a un experimento de laboratorio, no como a un hombre.
—Entonces déjalo, Mateo —dijo ella, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. Vuelve a casa. No me importa el éxito, no me importa que el mundo no escuche tu música si el precio es que yo deje de escuchar tu voz.
—No es tan fácil. He firmado contratos. Si rompo el tour, las clínicas de veteranos que estoy financiando se quedarán sin fondos. Me tienen atrapado por mi propia culpa, Elena. Han convertido mi redención en una deuda.
—Ellos te están vendiendo como un fantasma, Mateo. Y yo no me enamoré de un fantasma. Me enamoré del chico que tocaba la guitarra en el ático y me hacía sentir que yo era lo único real en su mundo. Si no puedes decir mi nombre ante el mundo, entonces quizás Marcus tiene razón: Madrid es solo un recuerdo que te pesa.
Colgó el teléfono antes de que él pudiera responder. El dolor de la guerra había sido físico; el dolor de la fama era una erosión lenta que estaba borrando los cimientos de lo que eran.