La Frecuencia de tu Piel

El Concierto del Silencio.

El clímax de la gira era un concierto masivo en el Teatro Real de Madrid, irónicamente a solo unas calles del apartamento de Elena. La discográfica lo llamó "El regreso del hijo pródigo". La ciudad estaba empapelada con el rostro de Mateo.

Thorne había prohibido expresamente que Elena tuviera un pase de camerino. Pero Thorne no conocía a la mujer que había diseñado el auditorio donde Mateo dio su primer acorde al volver de la guerra. Elena no necesitaba pases; ella conocía los pasadizos de servicio de cada edificio importante de la ciudad.

Minutos antes de que Mateo saliera al escenario, Elena entró en su camerino a través de la zona de carga. Mateo estaba sentado, con el casco de electrodos puesto, cerrando los ojos mientras los técnicos ajustaban los niveles. Cuando la vio a través del espejo, se puso en pie con tal brusquedad que uno de los cables se desconectó, provocando un pitido agudo en los monitores.

—Elena... no deberías estar aquí. Si Thorne te ve...

—Me importa una m***da Thorne —dijo ella, caminando hacia él. Le quitó el casco con manos firmes y lo dejó sobre la mesa de maquillaje—. Mírame, Mateo. No a través de un sensor de impulsos. Mírame a los ojos.

—Estoy intentando salvarlo todo, El. Todo lo que somos.

—No estás salvando nada. Estás dejando que ellos diseñen nuestra vida. Esta noche vas a salir ahí fuera y vas a tocar. Pero si no eres capaz de reclamar tu verdad, si no eres capaz de decirles que tu música nace de mis manos tanto como de las tuyas, entonces cuando termine este concierto, no me busques. Me iré a París, aceptaré el contrato y esta vez, Mateo, no habrá cartas ni direcciones de retorno.

Thorne entró en el camerino, horrorizado al ver a Elena. —¡Seguridad! ¿Qué hace esta mujer aquí? Mateo, el flujo sináptico está cayendo, vas a arruinar la obertura...

Mateo miró a Thorne, y luego miró a Elena. Vio la púa de plata que ella llevaba colgada al cuello. En ese momento, el músico y el soldado se unieron en un solo hombre.

—Sal del camerino, Marcus —dijo Mateo con una calma que hizo que el mánager retrocediera—. Y cancela el sistema de síntesis neuronal. Esta noche no voy a usar la computadora.

—Pero tu mano... no puedes tocar —tartamudeó Thorne.

Mateo sonrió, una sonrisa triste y salvaje. —No necesito tocar rápido. Solo necesito tocar de verdad.

Esa noche, frente a miles de personas y las cámaras de todo el mundo, Mateo salió al escenario con una guitarra acústica vieja. Se sentó en el suelo, no en el taburete. Puso el micrófono cerca de las cuerdas. Con su mano izquierda hizo los acordes y, usando el muñón de su mano derecha —el guante negro ahora en el suelo—, golpeó la madera rítmicamente, creando un latido sordo, primitivo.

—Esta canción —dijo al micrófono, su voz resonando en todo Madrid— tiene nombre. Se llama Elena. Y es la única estructura que me mantiene en pie.

El silencio que siguió fue más poderoso que cualquier aplauso. Elena, desde la sombra de las bambalinas, supo que el muro se había derrumbado. Habían recuperado su verdad, pero ahora debían enfrentarse a las consecuencias de haber desafiado a un imperio que no perdona la honestidad.




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