La demanda de Global Music Group contra Mateo Vidal fue una declaración de guerra económica. Lo acusaban de incumplimiento de contrato, daños y perjuicios por la cancelación de la gira tecnológica y "sabotaje de propiedad intelectual". Pero para Mateo y Elena, el juicio que se celebraba en la Audiencia Provincial de Madrid era algo mucho más personal: era la batalla por su libertad y su nombre.
Marcus Thorne se sentó en la fila de los demandantes, rodeado de un ejército de abogados con maletines de piel de cocodrilo. Mateo, a su vez, vestía un traje oscuro, sencillo, con la mano derecha descansando sobre el regazo, ya sin el guante negro. Elena estaba a su lado, sosteniendo su mano izquierda bajo la mesa, un anclaje de carne y hueso en medio de la tormenta legal.
—Señor Vidal —comenzó el abogado de la discográfica, un hombre con voz de lija—, usted vendió a mi cliente una "revolución tecnológica". Cobró millones por un tratamiento que convirtió su cerebro en un producto. ¿Y ahora pretende decirnos que un "impulso romántico" le da derecho a tirar por la borda la inversión de cientos de accionistas?
Mateo mantuvo la calma. Sus meses en el frente le habían enseñado que el miedo es un ruido que se puede ignorar si tienes un objetivo claro.
—Lo que ustedes compraron fue mi dolor, no mi música —respondió Mateo, su voz resonando con una claridad que hizo callar a la sala—. Mi música no les pertenece porque nunca entendieron de dónde venía. Intentaron borrar a la mujer que me mantuvo vivo para que el "personaje" fuera más rentable. Eso no es un contrato; es un secuestro emocional.
Thorne sonrió con suficiencia, convencido de que la lógica del dinero ganaría. Pero no contaba con que Elena no era la única que estaba dispuesta a pelear. En la primera fila de la galería, tres figuras observaban con una determinación inusual: Sofía y sus padres. La familia que se había roto por el secreto, ahora estaba allí para proteger la verdad.