La Frecuencia de tu Piel

La Casa de la Luz.

La casa en la sierra madrileña no era solo una vivienda; era la obra maestra de Elena. La había diseñado siguiendo la topografía de la roca, con grandes muros de hormigón ciclópeo que parecían proteger el amor que tanto les había costado defender. Pero el verdadero corazón de la casa era el estudio de Mateo, un espacio suspendido sobre el valle donde la acústica era tan perfecta que incluso un susurro sonaba como una confesión.

Elena estaba en su octavo mes de embarazo cuando se mudaron definitivamente. Caminar por los pasillos que ella misma había dibujado, sintiendo el peso de una nueva vida en su vientre, le daba una sensación de paz que rozaba lo irreal. Mateo, cuya mano derecha había recuperado una movilidad asombrosa gracias a la tranquilidad del campo, pasaba los días lijando la cuna que él mismo estaba construyendo con madera de roble.

—¿Crees que le gustará el sonido de la lluvia? —preguntó Mateo una tarde, apoyando su cabeza en el vientre de Elena mientras el cielo se oscurecía sobre la montaña.

—Le gustará cualquier cosa que tú le toques, Mateo —respondió ella, acariciando el cabello de su marido—. Este niño lleva tu ritmo y mi estructura. No tiene escapatoria.

La mudanza fue un acto de purificación. Dejaron atrás los recortes de prensa, los contratos rotos y los uniformes viejos. En las paredes de la nueva casa solo colgaron planos de ciudades futuras y las guitarras que Mateo ahora tocaba con una técnica nueva, más lenta, más profunda, como si cada nota fuera un regalo que no quería malgastar.




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