La Frecuencia de tu Piel

El Equilibrio Perfecto.

Con dos hijos, la vida de Elena y Mateo alcanzó su punto de equilibrio máximo. Elena dirigía su propio estudio desde casa, seleccionando solo proyectos que tuvieran un significado especial, mientras Mateo se ocupaba de la mayor parte de la crianza, alternándola con sus grabaciones.

Habían logrado lo que pocos consiguen: integrar sus pasiones profesionales con su amor personal sin que ninguna devorara a la otra. Elena diseñó un pequeño anfiteatro de piedra en el jardín, donde en verano organizaban pequeños conciertos para amigos y vecinos. Allí, Mateo tocaba bajo la luz de la luna, con Leo sentado a sus pies y Maya dormida en el regazo de Elena.

—¿Recuerdas cuando pensábamos que el mundo se acababa en aquel juicio? —preguntó Mateo una noche, después de un concierto improvisado.

—El mundo se acabó, Mateo —respondió Elena, apoyando la cabeza en su hombro—. El mundo viejo, el de las sombras y las jaulas. Este es el mundo nuevo. El que construimos nosotros, ladrillo a ladrillo, nota a nota.

Se miraron y, por un instante, volvieron a ser los jóvenes del ático, pero con la sabiduría de quienes han sobrevivido al fuego. La cicatriz en la mano de Mateo brilló bajo la luna, no como un recordatorio de dolor, sino como una medalla de supervivencia.




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