Diez años pasaron volando, como un arpegio rápido en una tarde de sol. Leo ya era un niño alto que empezaba a interesarse por el violonchelo, y Maya era una artista en ciernes que llenaba las paredes bajas de la casa con dibujos de ciudades voladoras. La casa de la sierra había envejecido con elegancia; el hormigón se había teñido de los tonos de la tierra y las plantas trepadoras cubrían parte de la fachada, integrándola totalmente en la montaña.
Elena se había convertido en una de las arquitectas más respetadas de Europa, conocida por sus diseños "humanistas". Mateo, por su parte, nunca volvió a las grandes giras mundiales. Prefería la intimidad de los teatros pequeños y la libertad de lanzar su música de forma independiente. No necesitaban la validación de la industria; su validación estaba en la mesa de la cocina cada mañana.
—Mamá, ¿por qué esta casa tiene tantas ventanas? —preguntó Maya un día mientras ayudaba a Elena a organizar sus planos.
—Porque hubo un tiempo en que tu padre y yo vivimos en la oscuridad, cariño. Y cuando diseñé este lugar, me prometí que nunca más nos faltaría la luz.