La Girándula

La Girándula

La Girándula

«Y una y otra vez, y todo desde el principio,

Y la girándula, y el tapiz…»

Lina Kostenko

—Artem, mira, esto también quería tirarlo a la basura —María sacó de las profundidades del armario algo envuelto en periódico.

En el envoltorio algo tintineó lastimera y sordamente. La chica desenvolvió el papel viejo, y Artem vio que era una girándula*. Él incluso conocía el nombre de esa lámpara, ya que trabajaba en una tienda de iluminación. Ellos también vendían ese tipo de lámparas, pero, por supuesto, modernas y con diseños actuales. Sobre la mesa yacía una vieja lámpara de mesa de cinco brazos, antaño refinada y elegante, con un denso entrelazado de colgantes de cristal, que ahora recordaban a carámbanos alargados, esparcidos como basura sucia junto a la base oscurecida por el tiempo.

—Oh, es una girándula —se acercó él y miró la lámpara—. Además, es eléctrica. Mira, aquí se pueden enroscar bombillas pequeñas —señaló—. Pero es muy vieja.

—Es de la abuela —suspiró María—. Es bonita, pero no encaja en absoluto en el interior y hace tiempo que no funciona. Ocupa demasiado espacio en la mesa y da poca luz. Y ahora está de moda el minimalismo, el estilo escandinavo... ¿Para qué quiero este trasto que junta polvo?

Artem tomó la girándula en sus manos. Trabajaba como gerente en el gran salón "El Mundo de la Lógica", donde vendían fríos paneles LED y sistemas de rieles. Pero en esta sucia estructura de cristal vio algo más.

—Dámela a mí —dijo de repente—. La desmontaré para piezas. A veces nos piden repuestos para lámparas retro.

—Llevátela —accedió la chica con facilidad—. Un problema menos.

María sonrió con una sonrisa que volvía loco a Artem. ¡Oh, cómo le gustaba esa chica! La conocía desde la universidad, la había visto con otros hombres, la consolaba tras las rupturas, le ayudaba a pegar el papel tapiz. Era su amigo confiable, de esos hombres a los que llaman cuando se rompe un grifo, pero no de aquel con el que sueñan antes de dormir.

María se mudaba hoy de nuevo a un apartamento nuevo. Era su tercera mudanza en dos años, y cada vez Artem estaba cerca: cargaba cajas, ayudaba a poner las cosas en el camión alquilado, y luego llevaba todo eso al nuevo lugar. E intentaba no mirarla a los ojos demasiado tiempo para no delatar su secreto, que ya lo atormentaba desde hacía tres años. Estaba desesperadamente enamorado de esa chica, pero tenía un carácter tan tonto que no se atrevía a confesárselo...

**************

Los dos días siguientes, Artem vivió en un ritmo extraño. Después del trabajo no iba al gimnasio ni al bar con los amigos, sino que se encerraba en su apartamento, extendía una toalla sobre la mesa de la cocina y desmontaba cuidadosamente, pieza por pieza, la girándula.

Limpiaba cada colgante de cristal varias veces con productos especiales para vidrio. Al principio eran grises, pero cuando ya estaban limpios, lavados y secos, brillaban tan intensamente que deslumbraban la vista.

Artem reemplazó el viejo cableado dentro de la lámpara, compró los mejores portalámparas pequeños, encontró bombillas de filamento con una luz amarilla agradable, estilizadas como velas. Estaba como obsesionado con la girándula. Parecía que el hombre no solo reparaba esa vieja lámpara, sino que intentaba poner en esa luz todo lo que no podía decir con palabras.

"¡Será simplemente mi regalo para María por la inauguración de la casa, eso es todo!", se convencía a sí mismo. Además, se acercaba inexorablemente el catorce de febrero, el Día de los Enamorados, y Artem, por alguna razón, se ponía nervioso al pensar en ese día. En algún lugar del subconsciente, probablemente, ya había madurado para confesarle su amor a la chica, pero, como siempre, ahuyentaba esos pensamientos de su cabeza.

María, mientras tanto, se acomodaba en el nuevo lugar. Le envió una foto de la nueva cocina, donde todo era blanco, cromado y funcional. Era un apartamento supermoderno.

—¿Te pasarás el sábado, Artem? —preguntó ella, llamándolo al atardecer—. Necesito colgar una lámpara en la sala de estar. ¿Me ayudas? Y yo invito a algo por la inauguración. No puedo con la lámpara sola, y tú tienes manos de oro.

Manos de oro. Sí, de nuevo ella lo percibía como una herramienta útil, como un amigo que siempre puede ayudar. Artem entonces, al escuchar sus palabras, frunció el ceño e hizo una mueca, pero prometió estar allí, mirando la girándula renovada y completamente lista que estaba sobre su mesa. El sábado era el Día de San Valentín...

**************

La tarde del sábado, Artem subió al cuarto piso sosteniendo una gran caja en la que había puesto la girándula renovada. En la otra mano llevaba una bolsa con vino y queso, su kit estándar de "solo amigo", con el que a menudo iba a casa de María.

—¡Oh, hola! ¡Mi salvador ha llegado! —exclamó la chica al abrir la puerta de entrada—. Pasa. ¿Qué es esa caja que tienes?

—Pues nada... —titubeó el hombre, dándose cuenta de nuevo con horror de que todas las palabras junto a María se le habían ido de la cabeza, y que una vez más podría arruinarlo todo, no dar el último paso, no confesarse...

—Déjala aquí, en el pasillo —ordenó la chica—. Vamos a que cuelgues rapidito la lámpara y yo caliento la cena. Nos sentaremos, hablaremos. Y gracias por el vino, viene justo al caso, celebraremos mi inauguración. La lámpara está en la caja, y la silla ya la he puesto.




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