La gran farsante

Capítulo 12: Cusack, Poe y Miss Sarajevo

Los días habían pasado tranquilos e inconexos, alejados del glamour que le había representado la fiesta con Danton. Por unos cuantos días creyó que, de hecho, Jamie y los demás habían desistido del plan, de ese plan que no tenía ninguna clase de sentido y mucho menos ética.  

Pero sabía que las cosas no eran tan fáciles. Fáciles serían cuando Sevin Cinnie estuviera fuera de la vista de Jamie y hasta ese momento la estaría usando porque confiaba en ella, confiaba en que Emily lo haría, que conquistaría a Danton y que luego —luego de adiós Cinnie— ella le diría que no pueden estar juntos porque no es natural.

Quería ser rechazada, pero así mismo no deseaba que Jamie se fuera.

Quería concretar el plan y que como por arte de magia sucediera lo que su mejor amigo creía que iba a suceder. Pero Emily sabía que las consecuencias serían terribles.

Con sentimientos involucrados, no puede ser otra cosa que terrible.

—Últimamente estás muy distraída —se quejó Norma Jean caminando ligerito de un lado al otro reacomodando histérica algunos detalles de la escenografía que Emily había montado antes de la sesión de ese día. Estaba bien montada, pero eso no bastaba, tenía que estar perfectamente montada—. Espero que no se trate de algún chico.

—No… —respondió ella, aunque no se oyó muy segura; no era un chico, eran varios, y uno de ellos era un hombre.

—A mí no me engañas —le exclamó desde una esquina—. Son el peor invento de Dios. Con sus ideales interesados, sus ideas precipitadas, tan destructivos, contaminadores…

Ociosos, malintencionados, violentos, genocidas, enumeró Emily recordando la frase que utilizaba su jefa cada vez que se le presentaba una oportunidad.

Emily siempre le daba la razón.

La última hora pasó lenta, pero llegó.

Tomó todas sus pertenencias y corrió en búsqueda de su bicicleta, el cambio de hora la mataba, salía a la una y media del estudio de Norma y entraba a su segundo trabajo a las dos.

La distancia de trabajo a trabajo no era mucha, serían apenas unas quince cuadras, y entremedio había un McDonalds en el que te atendían muy rápido si te conocían de toda la vida, como a Emily.

Los chicos de allí siempre la hacían pasar por un costado de la manera más imperceptible que podían, y siempre le ponían más patatas en su pedido, un extra de queso e incluso de vez en cuando un par de aritos de cebolla que no había pedido aparecían escondidos entre servilletas.

Emily les agradecía; Julia y Micky eran los únicos que no habían cambiado, trabajarían allí desde que ella comenzó con la vertiginosa rutina que le robaba tres días a la semana, y eran los encargados de que los demás empleados supieran quién era Emily y el trato que merecía como clienta asidua.

Ella no recordaba cómo había empezado el trato, quizá porque Emily siempre encontraba material al costo en la biblioteca cada vez que ellos necesitaran algún libro para la universidad.

Quizá por el mero hecho de que se llevaban bien.

Comió en la banca junto a Ronald McDonalds para no entorpecer la hora pico de los almuerzos, ni el trabajo de los que la beneficiaban.

Depositó la bandeja a su lado y antes de darle el primer mordisco a su hamburguesa de extra queso, una llamada telefónica la interrumpió.

Sacó el celular de la mochila y observó con exaspero que se trataba de Jamie. Barajó la posibilidad de no contestarle, estaba comiendo después de todo, y su tiempo era escaso.

Pero se sentiría mal luego.

—Jamie —respondió, enojada consigo misma y su incontrolada tolerancia.

Estás lista para esta noche, ¿no? —cuestionó emocionado. Emily entrecerró los ojos y mordió una papa, intentando descifrar a qué se refería su mejor amigo—. Lo olvidaste —afirmó ante el prolongado silencio en el cual ella decidió seguir comiendo.

—Lo olvidé —afirmó con la boca llena, sonando más como “o olguié”. Tragó y bebió un sorbo largo de gaseosa para aclararse la voz—. Y sea lo que sea no estoy…

Sabes que no puedes decirme que no, ahorrémonos toda esta parte, Emy, ¿dale? —cuestionó casi con soberbia, ella puso los ojos en blanco y dio otro mordisco—. Es solo una tonta fiesta con mis amigos de la prepa, tú vas con Murdock si no quieres sentirse “alienizada”.

—Es alienada y no es eso lo que siento, créeme… —le explicó, de nuevo con la voz amortiguada, un mordisco más y acababa su hamburguesa, y todo sin dejar de escuchar los disparates y las mal interpretadas palabras de su mejor amigo desde el teléfono.

Irás —Jamie continuó—, a las ocho de la noche te mandaré a Harlem y Cranberry.

Emily quiso protestar, pero el muchacho ya había colgado. Suspiró disgustada y terminó de comerse las papas con los aritos; bebió los últimos sorbos de su coca y vació la bandeja en el contenedor, dejando la misma sobre el resto, para ahorrarles trabajo como agradecimiento.

Levantó su mano en un saludo a Julia y salió del local, respirando el aire aun cálido que le ofrecía mediados de septiembre.

Pensando con una intranquilidad creciente que si Jamie le mandaba al modisto y la estilista, era porque ella se encontraría con Danton.

 

.. .. ..

 

Como había predicho Jamie; Harlem y Cranberry se presentaron a las ocho de la noche en su departamento.

No era una ocasión tan importante como la fiesta, aun así Cranberry la había maquillado sutil y le había cortado un flequillo —sin permiso ni cortesía— peinándolo para el costado en un estilo muy moderno, le ató el cabello tirante y brilloso y formó con el pelo de la coleta una hermosa y delicada onda que caía como la cola de un huracán que no le llegaba a la espalda.

Como casi había empezado el otoño, Harlem decidió arriesgarse al desobedecer las sagradas reglas de la moda poniéndole unos hermosos y estilizadores leggins negros y brillantes, una delicada blusa color crema con una fina campera de cuero con tachas doradas en los hombros, que aunque hacían que Emily se sintiera como sacada de un grupo tributo a Kiss, la hacía lucir muy bien.




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