La gran farsante

Capítulo 14: Dulce objetivo

Toda una nueva tortura pasó para que el pelo le quedara lo suficiente ondulado y achatado así al peinarlo pareciera corto y prolijo, casi como si de verdad se hubiese hecho un corte estilo bob. Había perdido por completo la cuenta de cuantos pasadores traía en la cabeza o cuantas horas había pasado sentada en una silla, incómoda y con la espalda adolorida.

Un puntilloso y delicado sombrero cloché de pálido fieltro opacó el trabajo con una forma cilíndrica que le cubría todo el molde de la cabeza, desde la nuca a hasta mitad de frente, con una pequeña ala de apenas si dos centímetros que la hacían sentir como una campana.

Aun así era muy bonito, debía admitirlo, aparte de que hacía juego con el vestido color verde agua que traía puesto. El mismo era escote en V, largo hasta las rodillas y cubierto por brillantes flecos y terminaciones mínimas en blanco.

El maquillaje había llevado cerca de media hora también, buscando los tonos correctos; los colores oscuros para los ojos, bien enmarcados para que lucieran aún más grandes, las mejillas delicadamente sombreadas para adelgazarlas y elevar los pómulos, dándole más bien un aspecto que le resultó desahuciado a ella misma, pero que aun así le quedaba de maravilla.

Todo un atuendo Charleston sobre Emily. La habían preparado tanto físicamente que se les había pasado por alto lo emocional. Sabía que sus amigos pensaban que a esas alturas del juego para ella todo era simple, que estaba superado el asunto inicial y que en la actualidad trabajaba tal cual un espía encubierto en una película de acción.

Pero no. No, no, claro que no. El dulce objetivo que cantaba y reía le estaba haciendo las cosas más difíciles.

¿Estaba nerviosa?

Sí, tanto que se le bajaba el azúcar, pero…

¿Eran los mismos nervios de siempre?

Definitivamente no.

El plan era similar al de la primera fiesta. Ella llegaría con Murdock y Harlem, y de ahí se separarían. Era tan vacuo y estúpido que le daban ganas de reírse sola como una loca.

¡Viva la imaginación!

La nimia diferencia era que en esta estaría Jamie presente. ¿Cambiaría algo eso?

Las cosas en algún punto recóndito se habían puesto un poco más…exclusivas con Danton. Había miradas y reflejos que ante observaciones ajenas lucirían casi como insinuaciones. Y Emily no quería que lucieran así antes de ella descubrir si en realidad lo eran o estaba excedida en paranoia.

La chica sintió como Harlem, al tiempo que parloteaba incesantemente, le subía el vestido para ajustarle un poco más el infaltable corsé que le afinaba la cintura.

—¿Entonces qué crees? —cuestionó bajándole el vestido y dándola vuelta para que lo mirara. Acomodando otro par de detalles en el acto.

—Apretado… —suspiró Emily perdida en sus pensamientos, en el enorme problema que cobraba cada día más consistencia.

Mantén la comida en tu estómago, era lo poco que su cabeza procesaba para ese momento, no te dejes ganar por el malestar de la ansiedad.

—¡No! —chilló Harlem cruzando los brazos ofuscado—. Te estaba preguntando que creías acerca de hacerme la lipoaspiración.

Lo observó conteniendo una risa divertida, apretó los labios y negó rápidamente con la cabeza. El cuerpo de aquel hombre era lo más normal que podía existir, muy atractivo, si se podía catalogar, ya que no era ni delgado, ni pasado, tampoco era musculoso ni fofo. Era la clase de figura por la que muchos se deprimen; uno natural; hombros redondeados, cintura fina y brazos y piernas generosamente fuertes.

—No, Harlem, no la necesitas —le sonrió—. Aunque… si eso te pone feliz, no deberías prestarle atención al qué dirán, solo hacerlo.

—Mi novio dice lo mismo —Se quejó peinándole los finos flecos del vestido con la mano—. Y eso que él es el cirujano.

—Entonces eso dice cosas muy buenas de su persona —le respondió ella, dejándose emperifollar un poco más.

Después de todo ya había estado bastante tiempo sufriendo, lo mínimo era no perder detalle para arreglar las imperfecciones.

—Por supuesto —afirmó con mirada soñadora y enamorada—. Aunque es celoso, él me eligió el disfraz que traigo puesto.

Emily contuvo una sonrisa, Harlem, en ese momento, distaba mucho del coqueto y moderno diseñador que era, metido dentro de un traje de astronauta herméticamente cerrado.

—Cómo no va a ir, quiere que me ponga el casco. ¿Puedes creerlo? Por desgracia me lo olvidé en casa.

—Harlem, estamos en tu casa…

—¡Me lo olvidé en casa he dicho!

Ambos se echaron a reír mientras que desde la primera habitación salía Murdock sobándose la mejilla con gesto adolorido. Estaba completamente trajeado a la antigua, con una chaqueta pequeña sobre la camisa blanca, pantalones negros holgados, un bastón y un sombrero bombín sobre el engominado cabello negro. Algo de maquillaje base se expandía por su rostro y mucho delineador enmarcaba sus ojos, con el completamente infaltable bigote corto asomándole bajo la nariz.

—¡El señor Chaplin! —exclamó Emily aplaudiendo.

—¡Presentando a Mary Pickford y Neil Armstrong! —acotó el mismo señalándolos con el bastón mientras hacía una fina reverencia.

—La próxima vez que me mires los pechos mientras te maquillo, te hago el bigote con alquitrán hirviendo —comentó Cranberry saliendo de la misma habitación con su típico taconeo refinado.

La joven agarró su portafolio y se dirigió a la puerta.

—¿Segura que no quieres venir? —se apresuró a acotar Emily, dirigiéndole una mirada de reproche a Murdock, quien simplemente se encogió de hombros.

—Tengo mejores cosas que hacer —murmuró antes de salir de la casa con rapidez, pegando un fuerte portazo que asustó a los tres que quedaban por igual.

—Pobre del idiota con el que se case —comentó Harlem cruzándose de brazos.

Murdock se sacó el bombín para despeinarse más los rizos. Traía un gesto ilegible tras las capas de maquillaje, quizá desconcierto, ya que la ligera atracción entre ellos era lógica y palpable.




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