La gran farsante

Capítulo 20: Renunciar

Emily había sentido cierto rechazo por volver a la casa de los Lane otra vez. Pisar ese comedor y revivir todo lo acontecido no estaba en su lista de prioridades, era como si le ofrecieran ver la masacre de Texas en vivo y directo, en primera fila.

Aun así no tuvo mucha opción cuando se enteró las razones por las que debía ir; Jamie estaba a apenas un día de irse a Francia por dos semanas, para festejar su cumpleaños número dieciocho junto a su madre y su padrastro Laurent Lippi.

Y la segunda razón era que solo estarían Jamie y ella.

Nada de Danton ignorándola o Sevin Cinnie dando vueltas, siendo maliciosa y vigilándolo todo cual búho en la noche. Podría pasar un momento con su mejor amigo como en los viejos tiempos, endulzarlo o, en su defecto, embriagarlo para reportarle su renuncia al contrato.

"Hice todo lo que estaba a mi alcance" le diría Emily "pero es un caso perdido" "seamos sinceros, esto fue muy infantil"

Harlem la visitó esa tarde, había traído comida china y muchos dulces que no le harían ningún bien a la dieta impuesta por Cranberry, pero que si le haría mucho bien a su estado de ánimo.

La idea de abandonar el contrato había nacido unos días atrás, luego de aquella caótica cena, y aunque aún no se lo había comunicado a nadie, el plan se había convertido en un hecho.

Emily había comprendido que en cuanto sus sentimientos entraron en juego, un montón de otras cosas se vieron amenazadas, y no sólo su integridad.

Era un efecto dominó que dañaba a todos en cierto punto, principalmente a Jamie; las piezas caerían tan rápido que sería imposible cualquier tipo de remiendo y ella quedaría enterrada bajo las fichas de sus propios errores.

Ese martes había salido a las siete de la librería. Por suerte Jamie le había dicho que no habría cena alguna —no se imaginaba dándole la noticia de la renuncia con el estómago lleno—, que solo verían unas películas y beberían algunas cervezas para pasar el rato.

—Bajaré por un taxi —murmuró nerviosa tirando las dos cajas de fideos en el tarro de la basura luego de haber limpiado la mesa y lavado los trastos.

La idea de tener que dejar la seguridad de su departamento no la alegraba.

—¿Un taxi? Oh, no, no, no —chilló con rapidez—. ¡Yo te llevo!

—¿Estás seguro? —le preguntó Emily.

—¡Por supuesto! —exclamó restándole importancia con un sutil movimiento de su mano—. Te llevaré y de paso veré cómo es la casa del señor que te pone así de tonta.

Emily cruzó los brazos y lo miró ofendida. Harlem le ofreció una mirada de "sabes que es verdad".

Bajaron por el ascensor y subieron al auto de Harlem, quien, bajo las indicaciones de Emily, emprendió viaje hacia el barrio privado de los Lane.

—Por cierto —dijo mirándola de reojo mientras conducía por las iluminadas calles de Hollywood—, te compré lencería de Victoria’s Secret para que la estrenes con Danton, pero olvidé dártela hoy, estoy tan distraído.

—¡Harlem! —le reprochó Emily roja. Ella planeaba cortar todo en sano y él adquiría ropa interior para un inexistente encuentro.

—¿Qué? No te preocupes, mañana te la traigo —se excusó el hombre, de seguro pensando que Emily le reprochaba el hecho de no haberla llevado y no el de creer que se acostaría con Dan.

—No, entre Danton y yo no sucede nada. ¡Mucho menos eso! —puntualizó cruzándose de brazos con una extraña sensación de aflicción en el pecho.

Harlem sonrió de lado a lado lanzando un chillido emocionado;

—Pero no falta mucho para que suceda tampoco…

—¿Por qué todos dan por sentado que Danton y yo terminaremos juntos?

—Porque se les ve en la cara, a ambos.

—Claro —ironizó mirando por la ventanilla como las luces engullían la oscuridad de las once de la noche.

Hacía solo una semana ella y Danton recorrían las calles de la misma manera, riendo, peleando, conversando mientras se dirigían al concierto de Dave Matthews Band.

Los recuerdos la embargaban y su mente le susurraba “tiempos mejores” como si algo así nunca pudiera volverse a repetir. Como si una persona como Danton Lane fuera única e irrepetible, una en un millón.

No era un pensamiento romántico —al menos no del todo— si no, más bien uno de frustración, Danton sí era uno en un millón; por esa misma razón Emily no lo merecía. Ella era otra del montón.

No era demasiado linda, no era pretenciosa ni ambiciosa, no era extrovertida ni famosa, ni conservaba algún talento. No era ni la tercera parte de lo especial que podía ser cualquier otra mujer que rodeara a Danton.

Y eso era todo.

Atravesaron el barrio privado y Emily le indicó la casa donde debía parar.

—Vaya, que complejo —silbó mirándola desde afuera de punta a punta, era sencilla pero majestuosa. Una construcción minimalista que se contrariaba por su tamaño e imponencia.

—Es maravillosa —afirmó Emily mirándola con cariño—. Y muy acogedora.

—Ahora solo nos queda un misterio por revelar —murmuró serio, haciendo que Emily se volteara a verlo intrigada, pensando lo que podría llegar a ser—…Qué hay bajo los pantalones de Danton.

—¡Harlem! —le retó Emily riendo, el aludido la imitó y la abrazó con fuerza.

—Quisiera vestir a chicas como tú más seguido —le confesó rompiendo el abrazo y recomponiéndose en su asiento—. Ahora baja, si te quedas aquí arriba no descubrirás el misterio de su entrep…

—¡Harlem, detente, Danton siquiera está! —se rió Emily bajando con rapidez para no oírlo. El modisto puso una cara de decepción que la hizo reír otra vez.

Le agradeció desde afuera y Harlem se retiró del lugar con lentitud, dejándola sola y algo asustada frente al portón de los Lane.

Caminó indecisa hasta estar frente al mismo y llamó por el portero eléctrico, aguardando lo que fueron dos minutos reloj hasta que el mismo se abrió solo.

No era que los Lane le abrieran a cualquiera, tenían una cámara en el portero para los que no conocían la clave para abrir —hasta donde Emily sabía, solo Jamie, Danton y Wesley Torton la conocían—, miraban desde un monitor junto al recibidor y abrían, dependiendo quien fuera.




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