La gran farsante

Capítulo 39: Hacia ti

Era cerca de la una de la madrugada, una suave melodía que apareció en la mente de Danton lo había despertado y lo había obligado a dejar la cama que compartía con Sevin en aquellos momentos.

Cerca de quince minutos atrás había oído como llegaban Laurent, Mimi y Jamie, en completo silencio, cada quien se fue a su cuarto, murmurando por lo bajo un buenas noches.

Bajó por las escaleras lo más imperceptible que pudo, no quería despertar a nadie, no quería responder preguntas ni delatar a donde se dirigía. Necesitaba un momento para él mismo.

Fue hacia el ala este de la casa y se metió en la pequeña sala de música que había mandado a hacer apenas había comprado aquella residencia, hacía cerca de unos quince años atrás.

El conservatorio, o estudio, como quisiera llamarse, consistía de diferentes aparatos y mezcladores que a Danton nunca le llamaron mucho la atención, también contaba con piano, órgano, bajo, batería y guitarra.

A él le encantaba ese lugar, era su santuario cuando estaba aturdido de la vida, cuando todo lo cansaba demasiado. Solo se hacía con la enorme batería y se sacaba todo lo negativo de adentro con algún vibrante ritmo.

Miró la misma con cariño, tomó los palillos, pero los dejó de vuelta en su lugar.

La suave melodía lo atacaba de nuevo, embargándolo, y no llevaba una batería, ni un bajo, ni un piano. Llevaba una simple guitarra acústica.

La tomó del posa-guitarra y se la colgó sentándose en uno de los cómodos y espaciosos sillones individuales.

Siquiera se encargó de tomar una púa, comenzó a tocar esa suave balada que conocía bien, pero que no recordaba. No recordaba de quien era y cómo se llamaba, sus dedos rasgaban las cuerdas y la letra de la canción se le agolpaba por partes, frases perdidas, palabras unidas aquí y allá. Pero no el nombre de la misma.

—Sostuve tu mano… —murmuró mientras tocaba, intentando que las frases se le formaran con más exactitud en la cabeza—. Y cuando desperté, y te sentí cálida y a mi lado, besé tus cabellos de miel… —corrió la guitarra para su costado derecho y tomó su celular, poniendo toda esa frase allí para saber qué canción era.

¿Por qué lo aturdía de esa manera? ¿Por qué apareció en su cabeza al despertar?

Y el buscador, el cruel y realista buscador, le dio la respuesta muy rápido, sin anestesia previa, apurado por la excelente recepción de wi-fi que tenía la habitación.

Simon & Garfunkel- For Emily, whenever i may find her

Danton dejó el teléfono de lado y se sacó la guitarra por encima de la cabeza.

Lanzó un enorme suspiro apoyando la cabeza sobre ambas manos.

—Bien jugado, mente —murmuró esbozando una sonrisa hueca. Apartó las manos de su rostro y se dejó caer sobre el respaldo del sillón. Permitiendo, muy de golpe, que todos los recuerdos y los pensamientos que tenía sobre Emily lo invadieran desde la punta de los pies hasta la última hebra de su cabello.

Todo se amontonó en su cabeza, desde la fiesta de Dante’s Night.

La había encontrado bonita e interesante, porque era normal, era una chica normal con un vestido bonito, un vestido que le quedaba como arte, pero que no podía borrar eso que tanto había atraído a Danton; la redundante normalidad que lo contagiaba tanto, que lo devolvía tan imperceptiblemente a ese chico que había sido antes de la fama, sin tener siquiera la necesidad de abandonar al hombre que era en la actualidad.

No había tardado mucho en darse cuenta que le gustaba de manera diferente, que le gustaba verla más de lo normal. De hecho, para el recital de Dave Matthews Band tenía más que claro lo mucho que le atraía, lo mucho que deseaba pasar un momento a solas con ella, para comenzar a darle a entender lo que le pasaba.

Era un tipo frontal, pero Emily no era una chica como a las que estaba acostumbrado; una confesión de la nada la tomaría violenta, quizás huiría despavorida, solo por la vergüenza.

Y besarla. Besarla había sido desesperar. Había dejado de ser un ser razonable; la consciencia separada de la realidad y la realidad sujeta a su cuerpo.

¿Tenerla?…Danton podía dar detalles y horas exactas de cómo, cuándo y dónde habían hecho el amor. Podía cerrar los ojos y recordarlo con precisión, como si el hecho se hubiese consumado horas atrás y no hacía meses.

Las veces se contaban con los dedos de una mano para lo que era su gusto, pero no le importaba. No, no le importaba…

Realmente no le importaba.

Se levantó con rapidez, tomando el celular y dejando la guitarra sobre el sofá.

Subió las escaleras intentando no disminuir la velocidad y no hacer ruido al mismo tiempo. Se metió en la habitación en puntas de pie; Sevin aun dormía.

Sacó su pantalón pijama con sumo cuidado y se puso una camisa y un pantalón que encontró sobre la silla, no importaba si combinaba o no, tampoco si había enganchado los botones desordenados. Calzó unas zapatillas en sus pies sin ponerse medias y bajó.

Tomó las llaves de la camioneta y salió como un halo a mitad de la noche.

El viaje duró segundos para él, normal se haría eterno, más cuando la chica estaba a escasas horas de irse. Pero para su sorpresa, cuando quiso acordarse, ya se había bajado de la camioneta y caminaba hacia su edificio con rapidez.

No supo cuál de todos los botones pertenecían al departamento de la chica, pero, una vista más panorámica le hizo descubrir el pequeño cartel que decía “timbres sin funcionamiento”.

Suspiró con fuerza y se dedicó a aporrear la puerta con la suficiente precisión para ser oído por el regordete portero del edificio.

Se acercó despeinado, con pantuflas y bata, más que dormido, abrió la puerta con una llave —la mano le temblaba— y lo saludó cordial desde el interior, pero sin dejarle lugar a pasar.

—¿Si, joven?

—Yo…bueno, Emily… —comenzó a balbucear Dan sin saber muy bien que razones darle. Quizás no lo dejaría pasar.




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