La gran farsante

Capítulo 40: Destroza algunos platos

Hacía cerca de un mes y medio que Emily había vuelto a New York con su padre. La idea era trabajar y hacerse del dinero suficiente para poder seguir el ritmo del trotamundos sin contratiempos.

Emily no quería ser trotamundos otra vez, pero sí deseaba pasar más tiempo con su padre. Pedirle que se quedara en New York con ella sería como cortarle las piernas.

Extrañaba a todos sus amigos, mucho. Mantenía contacto con todas las personas que había dejado en Los Ángeles, incluso con el despistado Ian George.

Jamie había comenzado la universidad, se había trasladado a un campus en una parte bastante alejada de Hollywood para ello, aunque todos los fines de semana volvía a casa de su padre. Aun no se sentía listo para abandonar el nido.

Cranberry cursaba el último año de preparatoria a duras penas, ya que había sido contratada como maquilladora para una de las agencias de modelos más importantes del país, y ese trabajo consumía mucho de su tiempo. Aun así tenía un novio llamado Chad, un jovencito nerd lleno de granos al cual exponía en todos los perfiles de todas sus redes sociales, con mucho cariño.

Murdock y Cran habían decidido cortar lo suyo incluso antes de que empezara, y lo habían hecho bien, aunque doliera, una relación ilegal no hubiese caminado por si sola.

Harlem y Julius habían estado de viaje hasta hacía poco tiempo, unas bellas vacaciones exóticas que se tenían más que merecidas luego de tanto trabajo. En eso ambos eran muy parecidos; no paraban.

Peter y Aurora habían vuelto, contra viento y marea. Wesley y Fawn tuvieron que enfrentar el hecho y aceptarlo a regañadientes.

¿Y ella? Ella trabajaba para las escuelas, en ese momento para la misma en la que Maggie trabajaba como maestra, sacaba fotos para los anuarios de los niños de primaria, era temporal. Juntaba el dinero y se iban otra vez.

Viajar, viajar y viajar.

—Deberías pensar en quedarte —sugirió Maggie cuando volvían ambas del trabajo—. Tu padre no se enojaría.

—No, no lo haría, pero… —el sonido del teléfono la interrumpió. Lo sacó con cuidado y observó el número en la pantalla.

Desconocido.

La llamó uno, dos, tres veces.

—Quizá sea importante —afirmó Maggie.

La chica dudó, sin embargo se decidió por responder.

Total, era solo una llamada.

—¿Emily Fern? —preguntaron del otro lado de la línea—. Soy William Stern, representante de Terry Tyler, no sé si usted conocerá, señorita, es director de la franquicia de Dante’s Night. Uno de nuestros actores la recomendó a usted con creces como fotógrafa, la suma a pagar es importante.

Claro fue incapaz de responder en aquel momento, dijo que lo pensaría, que necesitaba consultarlo, y que, en cuanto pudiera, daría una respuesta concreta. El hombre le dio un plazo de tres días en los que ella prometió tenerlo en cuenta.

—¿Puedes creerlo? —le preguntó a Maggie camino a casa. Ambas vivían en el mismo barrio—. ¡Este debió ser Murdock, me juego la cabeza! Misteriosamente todos dejaron de insistir que volviera al mismo tiempo…

—¿Que harás? —cuestionó la misma mirándola con curiosidad.

—No sé…

—Es una gran oportunidad, Emily —murmuró devolviendo su vista al camino.

—Sí, pero…

Maggie puso los ojos en blanco;

—Pero Danton.

—Es frustrante —replicó tapándose la cara con exasperación, no quería que su vida fuera monotemática alrededor de aquel hombre, pero se estaba volviendo difícil—. Aparece en todos lados, en las propagandas, en las películas por cable, en las revistas de tía Beverly…

—Supón que son pruebas para superarlo, Emy, y lo superarás —le respondió muy tranquila subiendo las escaleras del pórtico de su casa—. ¿Lo superarás?

—Lo superaré —exclamó insegura.

Su amiga sonrió satisfecha y agitó su delgada mano de largos dedos hacia ella.

—Nos vemos, Em.

—Nos vemos mañana, Maggie —se despidió siguiendo su camino.

Tres casas más adelante estaba la pequeña propiedad de sus tíos. Eran todas construcciones idénticas en bloques de manzanas.

De pequeña siempre se confundía y tocaba la puerta equivocada. Así se había hecho amiga de Maggie.

Los escalones estaban algo grises y agrietados, y las plantas que colgaban del techo se veían algo muertas, pero era un hogar al fin y al cabo, y al viejo Norberto parecía agradarle.

Emily golpeó la puerta de la casa y, sin demorar más que un segundo, su tío Desmond abrió.

Desmond Fern era un hombre de metro noventa, delgado y rubio, poseía esa clase de rostros que parecían sorprendidos en todo momento, lo contrario de lo que era su padre, en todo aspecto.

—Tienes visita —anunció acomodando sus lentes de lectura.

Emily entrecerró los ojos. ¿Visita? ¿Para ella?

Entró en la casa descolgándose la cartera y dejándola en el perchero de entrada, se fijó que sus botas no tuvieran barro —tía Beverly era fanática de la pulcritud— y entró en la diminuta sala de estar para encontrarse con el amistoso rostro de Murdock Hampton.

—¡Mur! —chilló Emily para instantáneamente arrojarse en sus brazos—. ¿Qué haces aquí Mur?

—Vine a visitarte—exclamó el muchacho devolviéndole el abrazo. Emily se apartó del mismo al oír como su tía se aclaraba la garganta.

—Les dejo el té —comentó la mujer apoyando la bandeja sobre la mesita ratona con una sonrisa demasiado amplia.

Emily supo que esa sonrisa significaba problemas para ella en el vecindario; tía Bev llamaría a todas sus vecinas para contarle que su sobrina trajo un novio lindo y bien vestido a la casa, y que este mismo tenía cara de querer proponer casamiento.

—Gracias, tía Bev —dijo Emily viendo como esta asentía y se retiraba llevando casi a rastras a su marido hasta la cocina.

—¿Cómo has estado, Emy? —preguntó Mur acercando la taza a su boca.




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