La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

CAPÍTULO 1 La carta sellada

Nunca había tenido miedo de una corona.

Había aprendido a llevarla mucho antes de comprender cuánto podía pesar.

El oro sobre mi cabeza jamás me había parecido demasiado pesado. Tampoco las piedras preciosas que adornaban sus extremos ni el metal frío que descansaba sobre mi cabello durante las ceremonias oficiales.

Lo que verdaderamente pesaba era todo aquello que la corona representaba.

Las decisiones que nadie más quería tomar.

Los secretos que nadie podía conocer.

Las vidas que dependían de una firma.

Las sonrisas que debía ofrecer incluso cuando quería llorar.

Y, sobre todo, las cosas que había tenido que sacrificar para convertirme en la mujer que todos llamaban La Gran Reina.

Aquella noche, sin embargo, mientras permanecía de pie frente al enorme ventanal de mis aposentos, comprendí que existía algo mucho más pesado que una corona.

El pasado.

Sostenía todavía aquella carta entre mis dedos.

El sobre estaba arrugado.

El sello de cera negra había sido roto hacía apenas unos minutos, pero yo sentía como si hubiera transcurrido una eternidad desde que mis ojos habían leído aquellas palabras.

No necesitaba volver a leerlas.

Las conocía de memoria.

«No he olvidado aquella noche.
Tampoco he olvidado mi promesa.
He regresado por ti.»

Tres frases.

Nada más.

Tres frases capaces de hacer temblar las paredes de un palacio entero.

Cerré los ojos.

Respiré profundamente.

Intenté convencerme de que aquella carta no significaba lo que yo creía.

Intenté decirme que podía tratarse de una amenaza.

De una provocación.

De una trampa.

En mi posición, cualquier posibilidad debía ser considerada.

Pero había algo que no podía engañarme.

El símbolo estampado sobre la cera.

Una pequeña rosa atravesada por una espada.

Lo había visto una sola vez.

Hacía más de veinte años.

Y pertenecía a un hombre que yo había amado.

Apoyé una mano sobre el ventanal.

Afuera, la nieve comenzaba a caer lentamente sobre los jardines.

Las fuentes estaban congeladas.

Las estatuas parecían figuras dormidas bajo el manto blanco.

Las luces del palacio iluminaban los senderos y, desde aquella altura, la ciudad parecía tranquila.

Hermosa.

Inocente.

Pero yo sabía que nada era inocente detrás de los muros de un palacio.

Mucho menos después de una carta como aquella.

—Majestad.

Me sobresalté.

Me giré.

Mi dama de compañía, Elena, permanecía junto a la puerta.

Era joven, apenas unos años menor que yo cuando yo todavía no había aprendido a desconfiar de todo el mundo.

Había servido a mi lado durante casi una década.

Era una de las pocas personas a las que permitía acercarse sin sentir la necesidad de medir cada palabra.

Aun así, aquella noche no quería que nadie estuviera conmigo.

—Te dije que quería estar sola.

—Lo sé, Majestad.

—Entonces, ¿por qué has regresado?

Elena bajó la mirada.

—Porque está ocurriendo algo extraño en el palacio.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Qué cosa?

Ella cerró la puerta detrás de sí.

—El conde de Valerius ha abandonado el baile.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

—No se despidió de nadie.

Eso llamó mi atención.

—¿Lo viste salir?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes que se marchó?

Elena vaciló.

—Uno de los guardias de la entrada me dijo que lo vio abandonar el palacio por la puerta norte.

Me acerqué lentamente a ella.

—¿A qué hora?

—Hace unos diez minutos.

Miré la carta.

Diez minutos.

La misma cantidad de tiempo que había transcurrido desde que recibí el mensaje.

Aquello no podía ser una coincidencia.

—¿Alguien lo acompañaba?

—No lo sé.

—Averígualo.

Elena hizo una reverencia.

—Sí, Majestad.

—Y Elena…

Se detuvo.

—No menciones la carta.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Jamás lo haría.

Esperé a que se marchara.

Cuando la puerta se cerró, volví a mirar el papel.

Había algo que nadie sabía.

Algo que ni siquiera mi esposo había conocido.

Mucho antes de convertirme en reina, mucho antes de sentarme en el trono, existió una época en la que yo había creído que el amor podía salvarme.

Era joven.

Demasiado joven.

Y estaba convencida de que las personas cumplían sus promesas.

Qué ingenua había sido.

Recordaba aquella noche con una claridad que me dolía.

El jardín estaba iluminado por la luna.

Las rosas perfumaban el aire.

Yo llevaba un vestido azul sencillo y el cabello suelto.

No había joyas.

No había corona.

No había criados siguiéndome.

No había personas inclinándose ante mí.

Solo era una joven que había escapado de una cena familiar para encontrarse con el único hombre que conseguía hacerme olvidar quién era.

Él estaba esperándome junto al viejo roble.

Recuerdo su sonrisa.

Su manera de mirarme.

La forma en que pronunciaba mi nombre.

Y recuerdo perfectamente lo que me dijo.

—No importa lo que suceda, volveré por ti.

Yo le creí.

Dios mío…

Cómo le creí.

Aquella fue la última noche que lo vi.

Al amanecer, había desaparecido.

Su familia había abandonado el reino.

Su nombre dejó de mencionarse.

Sus propiedades fueron confiscadas.

Y cualquier intento de encontrarlo terminó en silencio.

Con el tiempo, aprendí a no preguntar.

Después llegó mi matrimonio.

Después la corona.

Después las guerras.

Después las alianzas.

Después las muertes.

Y finalmente comprendí que una reina no tenía derecho a vivir mirando hacia atrás.

Así que enterré aquella historia.




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