La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

CAPÍTULO 2 La sombra de Valmont

Durante muchos años había aprendido a ocultar el miedo.

No porque fuera más valiente que los demás, sino porque había comprendido demasiado pronto que una reina no podía darse el lujo de mostrarlo.

El miedo, cuando lo veía un súbdito, se convertía en debilidad.

Cuando lo veía un noble, podía convertirse en una oportunidad.

Y cuando lo veía un enemigo, se convertía en un arma.

Aquella noche, sin embargo, sentí miedo.

No el miedo que produce una guerra.

No el miedo de escuchar que un ejército se aproxima a las fronteras.

Era algo mucho peor.

Era el miedo de descubrir que la persona en quien alguna vez habías confiado podía haber estado mintiéndote durante toda tu vida.

Miré a Elena.

—¿Estás segura de que el guardia está muerto?

Ella asintió lentamente.

—Sí, Majestad.

—¿Quién lo encontró?

—Dos soldados de la guardia real. Estaban haciendo la ronda por el ala norte.

—¿Y qué dicen?

Elena bajó la voz.

—Que nadie vio entrar ni salir a nadie.

Me quedé en silencio.

La puerta norte.

El mismo lugar por donde, según ella, el conde de Valerius había abandonado el palacio.

El mismo lugar donde ahora había aparecido un hombre muerto.

Demasiadas coincidencias.

En mi corte había aprendido que las coincidencias rara vez eran inocentes.

—¿Dónde está el cuerpo?

—Lo trasladaron a una habitación de servicio.

—Quiero verlo.

Elena abrió los ojos.

—Majestad, no creo que sea conveniente.

—No te he preguntado si es conveniente.

—Sí, Majestad.

Tomé mi capa.

—Y nadie debe saber que voy allí.

—¿Ni siquiera el capitán de la guardia?

—Especialmente él.

Elena pareció sorprenderse.

—¿Desconfía de él?

Miré hacia la puerta.

—Esta noche desconfío de todos.

Caminamos por los corredores secundarios del palacio.

Había aprendido a conocer aquellos pasillos desde mi infancia.

Muchos habían sido construidos antes de que mi familia ocupara el trono. Algunos conectaban las habitaciones principales con las dependencias de los sirvientes.

Otros conducían a pequeñas escaleras que casi nadie utilizaba.

Los conocía porque, cuando era niña, solía esconderme allí.

Qué extraño resultaba pensar que aquellos mismos corredores que alguna vez habían sido refugios para mis juegos ahora podían convertirse en caminos para escapar de una conspiración.

Mientras caminábamos, Elena permaneció en silencio.

Yo también.

Pero mi mente no dejaba de regresar a una sola palabra.

Valmont.

La carta tenía aquel nombre.

La duquesa estaba preguntando por mí.

El duque estaba con ella.

Y un hombre había muerto en la puerta norte.

No podía ser casualidad.

Llegamos finalmente a una pequeña habitación detrás de las cocinas.

Dos soldados custodiaban la entrada.

Al verme, se inclinaron.

—Majestad.

—Déjennos entrar.

Uno de ellos dudó.

—Majestad, el cuerpo…

—He dicho que quiero entrar.

Abrieron.

El olor a sangre fue lo primero que percibí.

No era intenso.

Pero estaba allí.

El cadáver yacía sobre una mesa.

Era un hombre de unos cincuenta años.

Uno de los guardias veteranos.

Había servido durante muchos años en el palacio.

Me acerqué.

—¿Quién es?

—Hugo Meran, Majestad —respondió uno de los soldados—. Lleva diecisiete años en la guardia.

Lo conocía.

Recordaba haberlo visto muchas veces durante mis recorridos por el palacio.

Siempre serio.

Siempre correcto.

Nunca había tenido problemas con él.

Me incliné.

No había una herida visible en su pecho.

Tampoco en el rostro.

—¿Cómo murió?

El soldado tragó saliva.

—El médico todavía no lo ha determinado.

Observé sus manos.

Entonces lo vi.

Una pequeña mancha oscura entre sus dedos.

—¿Qué es eso?

El soldado se acercó.

—No lo habíamos visto.

Me agaché.

No era sangre.

Era cera.

Cera negra.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

La misma cera del sello de mi carta.

—Elena.

—Sí, Majestad.

—No toques nada.

Me incorporé.

Miré a los soldados.

—¿Quién informó de su muerte?

—El capitán de la guardia.

—¿Dónde está?

—En el ala norte.

Algo dentro de mí se tensó.

—Quiero hablar con él.

Uno de los soldados asintió.

Salí de la habitación.

Pero antes de alejarme miré nuevamente el cadáver.

Había algo más.

Un pequeño corte en la manga.

Como si alguien hubiera arrancado algo.

—Elena.

—¿Majestad?

—Que nadie toque esa ropa.

—Sí.

Continuamos caminando.

—Majestad —susurró Elena—, ¿qué cree que significa la cera negra?

—No lo sé.

Era mentira.

Sabía perfectamente que no era una señal cualquiera.

Era el símbolo de una sociedad secreta que mi padre había mencionado una sola vez cuando yo era niña.

Una organización de nobles.

Hombres y mujeres que, según los rumores, influían en decisiones políticas sin ocupar ningún cargo oficial.

Nunca había sabido si realmente existían.

Hasta aquella noche.

Llegamos al ala norte.

El capitán de la guardia estaba allí.

Sir Edmund.

Un hombre alto, de cabello gris y rostro severo.

Había servido a mi familia durante más de treinta años.

Era uno de los pocos hombres a quienes mi padre había confiado asuntos militares delicados.

—Majestad —dijo al verme.

—Sir Edmund.

Hizo una reverencia.

—Lamento profundamente lo sucedido.

—¿Qué ocurrió?

—Encontramos a Hugo cerca de la puerta norte.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Había señales de lucha?

—Ninguna.

—¿Armas?

—Ninguna.

Lo observé detenidamente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.