Nunca había sentido que las paredes del palacio pudieran cerrarse sobre mí.
Aquella noche fue diferente.
Por primera vez, mientras permanecía de pie en el Salón Azul con la amenaza escrita en una hoja entre mis manos, tuve la absurda sensación de que el palacio entero estaba observándome.
Los retratos de mis antepasados parecían seguir cada uno de mis movimientos.
Los enormes candelabros proyectaban sombras sobre las paredes.
El fuego de la chimenea crepitaba con una tranquilidad casi insultante.
Y, en medio de aquella magnificencia, yo solamente podía pensar en una frase.
La siguiente será la reina.
Doblé lentamente el papel.
—¿Quién escribió esto?
El duque de Valmont no respondió.
Miré a la duquesa.
—¿Quién?
Ella respiró profundamente.
—No lo sé.
—Miente.
—Majestad…
—¡No me mienta!
Mi voz hizo que ambos guardaran silencio.
Había pasado demasiados años rodeada de personas que hablaban con suavidad mientras escondían sus verdaderas intenciones.
Aquella noche no tenía paciencia para otro secreto.
—Hace unos minutos me dijo que mi padre había hecho un pacto —continué—. Me habló de una organización que utiliza una rosa atravesada por una espada. Me dijo que alguien me había elegido. Ahora aparece un mensaje amenazándome y el capitán de mi guardia aparece muerto.
Miré alternativamente a ambos.
—Y todavía esperan que crea que no saben nada.
La duquesa bajó la mirada.
—Sabemos algunas cosas.
—Entonces empiece a hablar.
El duque intervino.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos quién está escuchando.
Miré las paredes.
—Estamos en mi propio palacio.
—Precisamente.
Sus palabras me provocaron un escalofrío.
El duque se acercó a una de las paredes y pasó lentamente la mano sobre los paneles de madera.
—Su padre construyó habitaciones secretas en este palacio.
—Lo sé.
—No conoce todas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quiere decir?
—Que existen habitaciones que ni siquiera aparecen en los planos oficiales.
La duquesa se acercó.
—Y algunas tienen pasadizos que comunican con los aposentos reales.
Pensé en mi habitación.
La ventana abierta.
El papel sobre el alféizar.
Alguien había entrado.
O quizá nunca había salido.
—¿Cuántas personas conocen esos pasadizos?
El duque me miró.
—Muy pocas.
—¿Usted?
—Sí.
—¿La duquesa?
—Sí.
—¿Mi padre?
El duque bajó la cabeza.
—Él los conocía todos.
—¿Y quién más?
Silencio.
—¿Quién más? —repetí.
La duquesa respondió finalmente.
—Los hombres de la Rosa.
Sentí que mi estómago se contraía.
—Quiero saber quiénes son.
—No podemos decirle sus nombres aquí.
—Entonces llévenme a una de esas habitaciones.
El duque abrió los ojos.
—Majestad, es demasiado peligroso.
—Acaban de amenazarme de muerte dentro de mi propio palacio. Creo que hemos superado el límite de lo peligroso.
La duquesa me sostuvo la mirada.
Después asintió.
—Tiene razón.
El duque no parecía convencido.
—Si vamos —dijo—, debemos hacerlo ahora.
—¿Por qué?
—Porque si alguien descubre que conocemos la ubicación de esa habitación, estaremos muertos antes del amanecer.
No pregunté nada más.
Seguimos al duque por un corredor lateral.
La duquesa caminaba detrás de mí.
Yo avanzaba en silencio, tratando de recordar cada detalle del palacio.
Había vivido allí casi toda mi vida.
Había recorrido sus salones miles de veces.
Y, sin embargo, aquella noche parecía estar descubriendo un edificio completamente diferente.
Llegamos a una pequeña galería donde apenas había iluminación.
El duque se detuvo frente a un retrato antiguo.
Era el retrato de un rey que había gobernado antes de mi abuelo.
Un hombre de mirada severa.
—¿Qué hacemos aquí?
El duque no respondió.
Levantó un candelabro.
Lo giró.
Se escuchó un clic.
Una sección de la pared se desplazó lentamente.
Detrás apareció una puerta estrecha.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Cuántas veces has pasado por aquí? —pregunté.
—Muchas.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Su padre me ordenó guardar silencio.
—Mi padre ya está muerto.
—Algunos juramentos sobreviven a quienes los hicieron.
Entramos.
El pasadizo era estrecho.
Las paredes estaban húmedas.
No había ventanas.
Solo pequeñas lámparas colocadas a intervalos irregulares.
Caminamos durante varios minutos.
Mis pasos resonaban.
El silencio era casi absoluto.
Finalmente llegamos a una puerta de hierro.
El duque sacó una llave.
La introdujo.
Giró.
La puerta se abrió.
Entré.
Y comprendí inmediatamente por qué la llamaban la habitación sin ventanas.
No existía ninguna abertura al exterior.
Solo cuatro paredes de piedra.
Una mesa.
Tres sillas.
Una estantería.
Y un enorme mapa del reino cubriendo una de las paredes.
Me acerqué.
Había pequeños símbolos marcados sobre distintas ciudades.
—¿Qué es esto?
—La red de influencia de la Rosa —respondió la duquesa.
Observé el mapa.
Los símbolos aparecían en ciudades importantes.
Puertos.
Fronteras.
Capitales.
Centros comerciales.
Incluso algunos monasterios.
—¿Controlan todo esto?
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué hacen?
—Influyen.
El duque señaló varios puntos.
—Un juez aquí.
—Un banquero allí.
—Un consejero en la corte.
—Un comandante militar.
—Un comerciante.
—Un sacerdote.
Sentí un vacío.
—¿Están en todas partes?