La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

CAPÍTULO 4 El hombre que debía estar muerto

Durante los primeros minutos no pude pronunciar una sola palabra.

Me limité a mirar aquella ventana.

La figura había desaparecido.

La cortina se había cerrado.

La luz detrás del cristal continuaba encendida.

Pero él ya no estaba.

O quizá nunca había estado.

Quizá el miedo estaba jugando conmigo.

Quizá mi mente, agotada por todo lo sucedido durante aquella noche, había convertido una sombra en el fantasma de un hombre al que llevaba años enterrando.

Pero yo había visto el medallón.

Había visto aquella mano.

Y había reconocido la silueta.

No podía equivocarme.

—Mi padre —susurré.

El hombre que caminaba junto a mí no respondió.

—¿Era él?

Silencio.

—Te estoy preguntando si era mi padre.

Finalmente me miró.

—Sí.

Sentí que las piernas me fallaban.

Me apoyé contra un árbol cubierto de nieve.

—No puede ser.

—Lo sé.

—Está muerto.

—Eso creíamos.

—Yo estuve en su funeral.

—Lo sé.

—Vi su cuerpo.

—No.

Lo miré.

—¿Qué has dicho?

Él respiró profundamente.

—No viste su cuerpo.

La sangre abandonó mi rostro.

—¿Qué quieres decir?

—El ataúd estaba cerrado.

Recordé aquel día.

Había sido invierno.

El cielo estaba gris.

Yo llevaba un vestido negro.

Recuerdo haber llorado durante horas.

Recuerdo el sonido de las campanas.

Recuerdo a cientos de personas caminando detrás del carruaje real.

Recuerdo el ataúd cubierto con el estandarte de la Corona.

Pero sí…

había permanecido cerrado.

—Nos dijeron que había muerto durante la noche —murmuré.

—Eso fue lo que todos debían creer.

—¿Quiénes?

—Tu madre. La Rosa. El Consejo.

—¿El Consejo sabía que estaba vivo?

—Algunos.

—¿Y tú?

Bajó la mirada.

—Yo lo descubrí años después.

La rabia comenzó a superar al miedo.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Si te lo hubiera dicho, habrías intentado encontrarlo.

—¡Por supuesto que habría intentado encontrarlo!

—Y habrías muerto.

—¡Era mi padre!

—Y tú eras su hija.

—¿Eso qué significa?

—Que ellos habrían utilizado tu vínculo con él para llegar hasta ambos.

La duquesa se acercó.

—Debemos irnos.

La miré.

—¿Sabías que estaba vivo?

Ella no respondió inmediatamente.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Sentí una profunda decepción.

—Todos lo sabían menos yo.

—No todos.

—Pero sí tú.

La duquesa bajó la mirada.

—Perdóname.

No quería escuchar aquella palabra.

No todavía.

—Quiero volver al palacio.

El hombre de negro negó.

—No.

—Soy la reina.

—Precisamente.

—No puedo abandonar mi reino.

—Tu reino acaba de convertirse en una trampa.

—Entonces quiero saber quién la construyó.

Él se acercó.

—Y yo quiero mantenerte viva.

—No puedes decidir por mí.

—No estoy decidiendo por ti.

Me sostuvo la mirada.

—Estoy intentando evitar que tengas que tomar una decisión desde una tumba.

Aquellas palabras me hicieron callar.

La nieve continuaba cayendo.

Todo parecía demasiado tranquilo.

Demasiado hermoso para la noche que estábamos viviendo.

Finalmente respiré profundamente.

—¿Dónde está mi padre?

Él miró hacia el palacio.

—No lo sé.

—Pero acabas de verlo.

—Sí.

—Entonces debe estar dentro.

—Quizá.

—Quiero encontrarlo.

—Eso es exactamente lo que él espera.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si realmente era él quien estaba en esa ventana, quería que lo vieras.

—¿Por qué?

—Porque sabe que ahora irás tras él.

Me quedé inmóvil.

Tenía razón.

Mi padre me conocía.

Había sido su hija.

Sabía cómo pensaba.

Sabía qué preguntas me haría.

Y probablemente sabía que no descansaría hasta encontrarlo.

—Entonces es una trampa.

—Probablemente.

—¿Y aun así quieres que huya?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque necesitamos tiempo.

La duquesa intervino.

—Y porque necesitamos encontrar primero la prueba.

—¿Qué prueba?

Ella miró al hombre de negro.

Él cerró los ojos.

—Hay un documento.

—¿Dónde?

—En un lugar que solo tu padre conocía.

—¿La habitación sin ventanas?

—No.

—Entonces, ¿dónde?

Él me miró.

—En la antigua residencia de tu madre.

Sentí un nudo en el pecho.

Mi madre.

Otra vez ella.

—La casa de verano.

—Sí.

—Hace años que está abandonada.

—Eso creen todos.

La frase empezaba a resultarme familiar.

—¿Qué está pasando con todos estos lugares abandonados?

Él sonrió débilmente.

—En esta corte, lo que parece abandonado suele ser lo más importante.

Caminamos hasta un carruaje que esperaba detrás de la capilla.

Subimos.

La duquesa se sentó frente a mí.

El hombre de negro ocupó el asiento a mi lado.

El carruaje comenzó a avanzar.

Durante varios minutos nadie habló.

Yo observaba por la ventana.

El palacio desaparecía lentamente detrás de los árboles.

Mi hogar.

Mi prisión.

Mi reino.

Mi pasado.

No sabía si volvería a verlo.

—¿Cómo te llamas ahora? —pregunté de repente.

Él me miró.

—¿Qué?

—Durante todos estos años.

—He utilizado varios nombres.

—Quiero el verdadero.

Permaneció en silencio.

—Mi nombre —dijo finalmente— sigue siendo Adrián.

Sentí algo extraño al escuchar aquel nombre.

Adrián.

Había pasado tantos años sin pronunciarlo que parecía pertenecer a otra vida.

—Adrián —repetí.

Él sonrió.

—Pensé que lo habías olvidado.

—Nunca.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un instante, el ruido del carruaje pareció desaparecer.




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