La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

CAPÍTULO 5 La reina que debía estar muerta

Hay verdades que llegan lentamente.

Se anuncian con pequeños indicios.

Una mirada que dura demasiado.

Una puerta que aparece abierta.

Un nombre mencionado en voz baja.

Una carta escondida.

Y hay otras verdades que llegan como un golpe.

La frase escrita por mi padre pertenecía a estas últimas.

Tu madre está viva.

La leí una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Como si al repetir aquellas palabras pudiera conseguir que dejaran de significar lo que significaban.

Mi madre estaba viva.

La mujer cuyo funeral había presenciado.

La mujer cuya tumba había visitado durante años.

La mujer cuya ausencia había aprendido a aceptar como una de las heridas inevitables de mi vida.

Estaba viva.

O al menos eso aseguraba mi padre.

Levanté lentamente la mirada.

Adrián me observaba.

La duquesa también.

Ninguno de los dos se atrevía a hablar.

—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté.

Adrián no respondió.

—Te estoy preguntando desde cuándo sabes que mi madre está viva.

—No lo sabía con certeza.

—Pero lo sospechabas.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Años.

Sentí que la rabia crecía dentro de mí.

—Todos parecen saber cosas sobre mi familia menos yo.

—Intentaba protegerte.

—¡No vuelvas a decirme eso!

Mi voz se quebró.

—Estoy cansada de que todos decidan qué puedo soportar y qué no.

Adrián permaneció inmóvil.

Yo apreté la carta.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Mi padre sí.

—Probablemente.

—Entonces tenemos que encontrarlo.

La duquesa intervino.

—Antes debemos saber si esta carta es auténtica.

La miré.

—Es la letra de mi padre.

—Eso no significa que la haya escrito él.

—¿Quién podría imitarla?

—Alguien que conociera suficientemente bien sus documentos.

Adrián tomó la carta.

La examinó cuidadosamente.

—La tinta es antigua.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco la tinta que utilizaba tu padre.

—¿Cuándo la escribió?

Adrián acercó el papel a la luz.

—No lo sé.

—¿Entonces cómo podemos confiar en ella?

—No podemos.

Aquella respuesta me disgustó.

Pero sabía que tenía razón.

En mi vida, confiar había comenzado a convertirse en un lujo peligroso.

—Quiero volver al palacio.

Adrián negó con la cabeza.

—Todavía no.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Y yo no estoy intentando darte órdenes.

—Lo parece.

—Si regresas ahora, entrarás directamente en las manos de quienes quieren encontrarte.

—Mi reino necesita a su reina.

—Tu reino necesita que su reina sobreviva.

Nos miramos.

Durante unos segundos ninguno cedió.

Finalmente aparté la vista.

No porque él hubiera ganado.

Sino porque sabía que necesitaba pensar.

Entramos nuevamente en la casa.

La mañana comenzaba a clarear.

La luz gris atravesaba los ventanales.

La antigua residencia de mi madre parecía todavía más triste bajo aquella iluminación.

Me senté frente a la chimenea apagada.

Sostenía la carta entre mis manos.

—Quiero saberlo todo —dije.

La duquesa se sentó frente a mí.

Adrián permaneció de pie.

—Entonces tendrás que aceptar algo primero.

—¿Qué?

—Que quizá la historia que has conocido sobre tu familia sea completamente falsa.

Respiré profundamente.

—Ya no me sorprendería.

La duquesa comenzó a hablar.

—Tu madre no murió cuando te dijeron.

—¿Cuándo desapareció?

—Poco después de la muerte oficial de tu padre.

—Pero yo la vi.

—Viste a una mujer.

La miré.

—¿Qué significa eso?

—La persona que enterraron no era tu madre.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién era?

—Una mujer de la corte.

—¿Quién?

—Una dama que se parecía físicamente a ella.

—¿Mi padre organizó aquello?

La duquesa negó.

—No.

—Entonces, ¿quién?

—La Rosa.

—¿Por qué?

—Para que todos creyeran que la línea real había terminado.

—Pero yo seguía viva.

—Precisamente.

—No entiendo.

La duquesa se inclinó hacia mí.

—La Rosa necesitaba controlar la sucesión. Si tu padre desaparecía y tu madre moría, tú te convertirías en la única heredera legítima.

—Eso ya lo sabía.

—No.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No eras solamente heredera.

Hizo una pausa.

—Eras la clave de un pacto antiguo.

No comprendí.

—¿Qué pacto?

Adrián respondió:

—El pacto de las siete coronas.

Había escuchado ese nombre.

Muy pocas veces.

En conversaciones que terminaban cuando yo entraba a una habitación.

—¿Qué era?

—Un acuerdo secreto entre siete casas reales.

—¿Para qué?

—Para mantener el equilibrio de poder en Europa.

—Eso parece política.

—Lo era.

Adrián hizo una pausa.

—Pero también había una condición.

—¿Cuál?

—La sangre de determinadas familias debía permanecer unida.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué tengo yo que ver con eso?

—Tu madre pertenecía a una de esas familias.

Sentí que la habitación se hacía más pequeña.

—¿Qué familia?

La duquesa respondió:

—La última.

Me levanté.

—¿La última de qué?

—De la antigua dinastía que gobernaba antes de que tu familia llegara al trono.

Me quedé inmóvil.

Aquello explicaba algunas cosas.

Los antiguos símbolos.

Las alianzas.

El interés de la Rosa.

La obsesión de mi padre por protegerme.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

Adrián respondió:

—Porque si sabías quién eras realmente, todos intentarían utilizarte.

—¿Utilizarme para qué?

—Para reclamar el poder.

Miré hacia la ventana.




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