Durante unos segundos no pude moverme.
Ni siquiera respirar.
Había esperado aquel momento durante toda mi vida sin saber que lo estaba esperando.
Había imaginado cientos de veces cómo sería volver a escuchar la voz de mi madre.
En algunos de mis sueños era joven.
En otros, anciana.
A veces me abrazaba.
A veces me hablaba desde lejos.
Y algunas noches, cuando la soledad de mis aposentos era demasiado grande, simplemente aparecía frente a mí sin decir una palabra.
Pero nunca había imaginado escucharla detrás de una puerta de hierro, en las profundidades de un monasterio, después de descubrir que toda mi vida podía haber sido construida sobre una mentira.
—Hija…
La voz volvió a escucharse.
Esta vez más débil.
Mis dedos apretaron la llave.
—Mamá.
La palabra salió de mis labios sin que pudiera detenerla.
Adrián me miró.
La duquesa se llevó una mano a la boca.
Abrí la puerta.
La habitación estaba iluminada por varias velas.
Era mucho más grande de lo que había imaginado.
Había estanterías llenas de libros.
Mapas.
Cajas.
Documentos.
Retratos antiguos.
Y al fondo, junto a una ventana pequeña que daba a un patio interior, había una mujer.
Estaba sentada.
Llevaba un vestido oscuro.
Su cabello, que yo recordaba largo y castaño, estaba ahora completamente plateado.
Su rostro era más delgado.
Había envejecido.
Mucho.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran los mismos.
Los ojos que me habían mirado cuando era niña.
Los ojos que me habían enseñado a distinguir la bondad de la mentira.
Los ojos que yo había buscado durante tantos años en el rostro de otras mujeres.
Me quedé mirándola.
Ella también me miraba.
Ninguna de las dos se atrevía a acercarse.
Hasta que finalmente ella se levantó.
—Mi niña.
Y entonces corrí.
No me importó la corona.
No me importó el vestido.
No me importó quién estuviera observando.
Corrí hacia ella y la abracé.
Sentí sus brazos alrededor de mi cuerpo.
Su perfume había cambiado.
Su piel ya no era la misma.
Pero aquel abrazo…
Aquel abrazo era exactamente como lo recordaba.
Y entonces lloré.
Lloré como no había llorado desde que era una niña.
Lloré por todos los años perdidos.
Por todas las noches en las que había preguntado por ella.
Por las veces que había visitado una tumba que no era suya.
Por las cartas que jamás recibió.
Por las palabras que nunca pudimos decirnos.
Mi madre me acarició el cabello.
—Perdóname.
—No.
Me separé de ella.
—No me pidas perdón todavía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tienes derecho a estar enfadada.
—No estoy enfadada.
La miré.
—Estoy destruida.
Ella cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Mi voz temblaba.
—¿Por qué me hiciste creer que estabas muerta?
Mi madre respiró profundamente.
—Porque si hubieras sabido que estaba viva, habrían venido por ti.
—¿Quiénes?
—Todos.
—La Rosa.
—Sí.
—¿Mi padre?
Mi madre bajó la mirada.
—También.
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—¿Mi padre sabía que estabas viva?
—Sí.
—¿Y me lo ocultó?
—Sí.
Miré hacia Adrián.
Él no dijo nada.
La duquesa lloraba en silencio.
—Entonces todos me mintieron.
Mi madre negó.
—No.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque algunas mentiras nacen del deseo de proteger.
—¿Y qué diferencia hay entre una mentira y una protección cuando quien la recibe no tiene posibilidad de elegir?
Mi madre me miró.
No tuvo respuesta.
Y aquello me dolió todavía más.
—Quiero saberlo todo.
—No estás preparada.
—He escuchado eso demasiadas veces.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no puedo protegerte de lo que vas a descubrir.
Me aparté.
—Entonces habla.
Mi madre miró a Adrián.
—¿Él te lo contó?
—Algunas cosas.
—¿Sobre tu padre?
—Sí.
Ella cerró los ojos.
—Entonces ya sabes que está vivo.
—Lo vi.
Mi madre palideció.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el palacio.
Mi madre se levantó lentamente.
—Entonces ha llegado el momento.
—¿Qué momento?
—El momento de terminar lo que empezó hace veintidós años.
No entendí.
—¿Qué empezó?
Mi madre caminó hacia una mesa.
Abrió un cajón.
Sacó una pequeña caja de madera.
La dejó frente a mí.
—Esto pertenece a tu padre.
La reconocí.
—¿Qué contiene?
—La verdad.
—Eso dicen todos.
Mi madre sonrió tristemente.
—Porque la verdad tiene muchas puertas.
Abrió la caja.
Dentro había documentos.
Una medalla.
Una llave.
Y una fotografía.
La tomé.
Era una imagen antigua.
Mi padre estaba sentado.
Mi madre a su lado.
Y detrás de ellos había siete hombres.
Reconocí a algunos.
Mi abuelo.
El antiguo duque de Valmont.
Un cardenal.
Un general.
Un banquero.
Un diplomático.
Y un hombre cuyo rostro no conocía.
—¿Quiénes son?
—Los fundadores de la Rosa.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi padre estaba entre ellos?
—Sí.
—Entonces todo era verdad.
—No exactamente.
Mi madre tomó la fotografía.
—La Rosa no nació como una organización criminal.
—¿Qué era?
—Una alianza.
—¿Para qué?
—Para impedir una guerra.
La miré sorprendida.
—¿Y qué ocurrió?
—El poder corrompió la alianza.
Mi madre dejó la fotografía.
—Al principio querían proteger Europa de conflictos entre las grandes familias reales.
—¿Y después?
—Descubrieron que podían decidir quién gobernaba.