Nunca olvidaré la primera vez que escuché a Alejandro llamarme hermana.
No porque la palabra fuera especialmente cruel.
Sino porque, pronunciada por él, convirtió en mentira todo lo que yo había creído saber sobre mi propia vida.
Durante años había pensado que conocía a las personas que me rodeaban.
Había confiado en mis consejeros.
En mis servidores.
En mis guardias.
En aquellos que habían crecido conmigo.
Y, sobre todo, había confiado en el hombre que estaba frente a mí.
Mi secretario.
El hombre que había estado a pocos pasos de mi trono durante doce años.
El hombre que había conocido mis secretos políticos, mis decisiones, mis dudas y hasta mis momentos de mayor vulnerabilidad.
Ahora lo veía de otra manera.
Ya no era el hombre que inclinaba la cabeza cuando yo entraba en una habitación.
Ya no era el servidor discreto que llevaba documentos de una sala a otra.
Era Alejandro.
Mi hermano.
El heredero que nunca había conocido.
El hombre que quería mi corona.
Y quizá el responsable de todo lo que había ocurrido aquella noche.
Alejandro sonrió.
—Parece que finalmente te han contado la verdad.
No respondí.
No podía.
Sentía la mano de mi madre apretando la mía.
Adrián permanecía delante de nosotras con el arma levantada.
La duquesa estaba junto a la puerta lateral.
Alejandro entró lentamente.
Detrás de él había varios hombres armados.
No llevaban uniformes.
No necesitaban llevarlos.
Sabía quiénes eran.
La Rosa.
—No te acerques —dijo Adrián.
Alejandro lo miró.
—Sigues protegiéndola.
—Siempre.
Alejandro sonrió.
—Veintidós años y todavía no has aprendido.
—¿Qué debería haber aprendido?
—Que no puedes salvar a una reina que está destinada a caer.
Sentí que la rabia superaba al miedo.
Di un paso hacia él.
—¿Quieres mi corona?
Alejandro me miró directamente.
—No.
Su respuesta me sorprendió.
—Quiero lo que me pertenece.
—¿Y qué crees que te pertenece?
—Todo.
Señaló la habitación.
—El nombre.
—La sangre.
—El trono.
—El reino.
Su voz se volvió más fría.
—Y la vida que me robaron.
Lo observé.
Por primera vez pude ver algo detrás de su arrogancia.
Dolor.
Un dolor antiguo.
—¿Quién te robó esa vida?
Alejandro soltó una risa amarga.
—Nuestro padre.
Mi madre dio un paso.
—Alejandro…
Él la miró.
—No tienes derecho a pronunciar mi nombre.
Mi madre bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Mamá…
Ella negó.
—Déjame hablar.
Se volvió hacia Alejandro.
—Cometí errores.
—No fueron errores.
—Lo sé.
—Me abandonaste.
—Sí.
—Me dejaste crecer lejos de mi familia.
—Sí.
—Me hiciste creer que estaba muerto para ellos.
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
Alejandro apretó los puños.
—Y ahora pretendes que te perdone.
—No.
Mi madre lo miró.
—Solo quiero que sepas que jamás dejé de amarte.
Alejandro guardó silencio.
Por primera vez su rostro perdió dureza.
Pero duró apenas unos segundos.
—El amor no devuelve los años.
—Lo sé.
—El amor no devuelve un nombre.
—Lo sé.
—Y tampoco devuelve una corona.
Mi madre respondió:
—La corona nunca fue tuya.
Aquellas palabras cambiaron su expresión.
—¿Qué has dicho?
—La corona nunca fue tuya.
Alejandro dio un paso.
Adrián levantó el arma.
—No te acerques.
Alejandro no le hizo caso.
—¿Quién decidió que yo no era digno?
Mi madre respondió:
—Tu padre.
—¿Y por qué?
—Porque temía que la Rosa te utilizara.
—¿Y qué hizo?
Mi madre bajó la mirada.
—Te entregó.
Sentí un escalofrío.
Alejandro sonrió.
—Exactamente.
—¿Qué quieres decir?
Me miró.
—Nuestro padre me entregó a la Rosa cuando tenía nueve años.
Mi corazón se encogió.
—¿Nueve?
—Me llevaron lejos.
—Me dijeron que habías muerto.
—Eso era más fácil.
—¿Dónde estuviste?
—En una fortaleza.
—¿Solo?
—No.
—¿Con quién?
Su rostro se endureció.
—Con hombres que me enseñaron a odiar.
El silencio cayó sobre la habitación.
De pronto comprendí algo.
Alejandro no había nacido monstruo.
Lo habían convertido en uno.
Pero eso no significaba que pudiera perdonarlo.
—¿Y la Rosa te convirtió en lo que eres?
—La Rosa me dio lo que mi familia me negó.
—¿Qué?
—Un propósito.
Lo miré.
—¿Matarme?
—No necesariamente.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
Alejandro sonrió.
—La llave.
Miré mi mano.
La pequeña llave seguía allí.
—No.
—Dámela.
—Nunca.
—No sabes lo que tienes.
—Sé que la necesitas.
—Más de lo que imaginas.
—Entonces tendrás que quitármela.
Alejandro hizo una señal.
Dos hombres avanzaron.
Adrián disparó al techo.
—¡Un paso más y disparo!
Los hombres se detuvieron.
Alejandro continuó sonriendo.
—Sigues creyendo que las armas solucionan todo.
—No.
Adrián respondió:
—Pero ayudan.
La duquesa intervino.
—Alejandro, si quieres el archivo, no puedes matarla.
—Lo sé.
—Entonces déjanos ir.
—No.
—¿Por qué?
Alejandro la miró.
—Porque ella no sabe todavía toda la verdad.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué verdad?
Alejandro volvió sus ojos hacia mí.
—La razón por la que nuestra madre te eligió a ti.
Miré a mi madre.
Ella no dijo nada.
—¿Qué significa eso?
Alejandro sonrió.
—Pregúntale.
Me volví hacia ella.