La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

CAPÍTULO 8 La sangre de los reyes

Hay momentos en la vida en los que el mundo parece detenerse.

No porque el tiempo realmente se detenga.

Sino porque aquello que acabas de descubrir es tan terrible que tu mente necesita unos segundos para comprender que, después de ese instante, ya nada volverá a ser igual.

Yo estaba viviendo uno de esos momentos.

Frente a mí se encontraba el hombre al que mi madre acababa de llamar mi verdadero padre.

El hombre que, según los documentos oficiales, llevaba décadas muerto.

El hombre cuya sangre, aparentemente, corría por mis venas.

El hombre cuya existencia podía cambiar no solamente mi identidad, sino también mi derecho a la Corona.

Lo miré desde el interior del carruaje.

Él no parecía sorprendido de verme.

Parecía haber estado esperando aquel momento durante toda su vida.

—Hija mía.

Aquellas dos palabras me atravesaron.

No sentí alegría.

No sentí alivio.

Ni siquiera sentí curiosidad.

Sentí rabia.

Una rabia profunda, antigua, acumulada durante años de mentiras.

Abrí la puerta del carruaje.

—No me llames así.

Mi madre intentó detenerme.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Precisamente por eso quiero saberlo.

Bajé.

Sir Edmund desmontó y se colocó delante de mí.

El hombre permaneció sobre su caballo.

No hizo ningún movimiento brusco.

Solo me observó.

Tenía el cabello completamente gris.

Su rostro mostraba las marcas del tiempo.

Pero sus ojos eran extrañamente familiares.

Por un instante tuve la sensación de estar mirándome a mí misma.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunté.

Él sonrió con tristeza.

—El que te dieron los libros de historia no es el verdadero.

—Entonces dime el verdadero.

—Gabriel de Armand.

Sentí un escalofrío.

La Casa de Armand.

La dinastía que mi madre había mencionado.

La familia que, según la historia oficial, había desaparecido.

—¿Eres el último rey de Armand?

—Lo fui.

—¿Y ahora?

—Ahora soy solamente tu padre.

Negué lentamente.

—No.

—¿No?

—No eres mi padre.

Mi voz temblaba.

—Un padre no desaparece durante toda la vida de su hija.

Gabriel bajó la mirada.

—Tienes razón.

—Un padre no permite que su hija crea que está muerta.

—Tienes razón.

—Un padre no observa desde las sombras mientras su hija crece creyendo que está sola.

—Tienes razón.

Aquella aceptación me enfureció todavía más.

—¡Deja de decir que tengo razón!

El hombre desmontó.

Se acercó lentamente.

Mi madre se interpuso.

—No.

Gabriel se detuvo.

—Déjala.

Mi madre me miró.

—Está bien.

Yo no sabía si realmente estaba bien.

Pero necesitaba respuestas.

—¿Por qué?

Gabriel me miró.

—Porque si hubiera aparecido en tu vida, te habrían matado.

—Eso me lo han dicho todos.

—Porque es verdad.

—¿Quiénes?

—La Rosa.

—¿Tú pertenecías a ellos?

Su expresión cambió.

—Sí.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Fuiste uno de ellos?

—Fui uno de sus fundadores.

—Entonces tú creaste todo esto.

—Ayudé a crearlo.

—¿Y después?

—Intenté destruirlo.

—¿Por qué?

Gabriel respiró profundamente.

—Porque descubrí en qué se había convertido.

—¿Qué era originalmente?

—Una alianza para proteger las casas reales de las guerras.

—Eso me dijo mi madre.

—Tu madre conoce una parte de la historia.

—¿Y tú conoces el resto?

—Sí.

—Entonces cuéntamelo.

Gabriel miró alrededor.

—Aquí no.

—¿Por qué?

—Porque todavía nos siguen.

Sir Edmund miró hacia el camino.

—Tiene razón.

La duquesa se acercó.

—Debemos movernos.

—¿Adónde? —pregunté.

Gabriel respondió:

—A la fortaleza de San Gabriel.

Mi corazón se aceleró.

—La misma que mencionó mi madre.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque allí está la única persona que puede decirte toda la verdad.

—¿Quién?

Gabriel me miró.

—Tu padre.

Fruncí el ceño.

—Tú eres mi padre.

—Soy tu padre biológico.

Señaló el camino.

—Pero el hombre que tú llamaste padre durante toda tu vida tiene respuestas que yo no puedo darte.

Sentí una confusión terrible.

—Entonces, ¿quién era él para ti?

Gabriel tardó unos segundos.

—Mi enemigo.

—¿Y para mi madre?

—Su esposo.

—¿Y para mí?

—Tu protector.

Aquella palabra me sorprendió.

—¿Mi protector?

—Sí.

—Pero me ocultó la verdad.

—Porque sabía que, si la descubrías demasiado pronto, morirías.

Miré a mi madre.

Ella asintió lentamente.

—Es cierto.

Me sentí atrapada entre tres versiones de una misma historia.

Una parte de mí quería creerles.

Otra quería huir.

Pero había algo que sabía con absoluta certeza.

No podía continuar viviendo entre mentiras.

—Vamos a San Gabriel.

Mi madre abrió los ojos.

—¿Estás segura?

—No.

Miré a Gabriel.

—Pero necesito respuestas.

Él asintió.

—Entonces tendrás que estar preparada para odiarnos a todos.

Subimos nuevamente a los caballos.

El viaje continuó.

La fortaleza estaba a varias horas.

Durante el camino, Gabriel cabalgó junto a mí.

No hablábamos.

Yo no sabía qué decirle.

Había imaginado tantas veces cómo sería conocer a mi verdadero padre.

Pero nunca imaginé que sería en medio de una persecución, después de descubrir que mi hermano quería mi corona y que el hombre que amaba podía estar atrapado en un monasterio rodeado de enemigos.

Finalmente rompí el silencio.

—¿Mi madre te amó?

Gabriel la miró a lo lejos.

—Sí.

—¿Todavía?

Guardó silencio.

—Eso deberías preguntárselo a ella.




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