La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

CAPÍTULO 9 El secreto de Adrián

Durante unos segundos pensé que había dejado de entender el significado de las palabras.

Yo también pertenezco a la Casa de Armand.

Adrián acababa de pronunciar aquella frase con una serenidad que me resultaba insoportable.

Lo miré.

Después miré el documento que sostenía entre sus manos.

Luego la antigua corona que descansaba sobre el trono.

Y finalmente a mi madre.

Ella estaba llorando.

No parecía sorprendida.

Eso fue lo que más me dolió.

—Tú lo sabías —dije.

Mi madre levantó la mirada.

—Sí.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Todos lo sabían.

Nadie respondió.

—Todos —repetí—. Todos menos yo.

Adrián dio un paso hacia mí.

—No es como crees.

—No vuelvas a decirme eso.

—Escúchame.

—¡He pasado toda mi vida escuchando a los demás!

Mi voz resonó por la fortaleza.

—Mi padre me ocultó la verdad. Mi madre me ocultó la verdad. Alejandro me ocultó la verdad. La Rosa me ocultó la verdad. Y ahora tú…

Sentí que las lágrimas comenzaban a llenar mis ojos.

—Ahora tú también.

Adrián bajó la mirada.

—Sí.

Aquella sinceridad me sorprendió.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde que era niño.

—¿Y quién eres?

Adrián tardó en responder.

—Mi nombre completo es Adrián de Armand.

El silencio fue absoluto.

La duquesa cerró los ojos.

Sir Edmund permaneció inmóvil.

Alejandro, que estaba sentado junto a una columna con el hombro herido, levantó lentamente la cabeza.

—No —murmuró.

Adrián lo miró.

—Sí.

Alejandro se puso de pie.

—Eso es imposible.

—No.

—La Casa de Armand terminó.

—Eso fue lo que quisieron que todos creyeran.

Alejandro miró hacia mí.

—Entonces tú…

Adrián asintió.

—Soy el último descendiente masculino de la Casa de Armand.

Sentí un escalofrío.

—¿Y yo?

Adrián me miró.

—La última descendiente legítima por línea directa.

—Entonces…

Miré la antigua corona.

—¿Qué significa eso?

Mi madre respondió:

—Que la Corona de Armand les pertenece a ambos.

Me quedé inmóvil.

Dos personas.

Una corona.

Y un reino que llevaba generaciones construido sobre secretos.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté a Adrián.

—Porque no quería que me amaras por mi apellido.

Sentí una punzada.

—¿Y pensabas que podía amarte sin saber quién eras?

—Esperaba que me amaras por quien soy.

—¿Y ahora?

—Ahora temo que me odies por quien soy.

No pude responder.

Porque esa era precisamente mi mayor confusión.

Podía estar furiosa.

Podía sentirme traicionada.

Podía no saber qué creer.

Pero no podía negar lo que sentía cuando él estaba cerca.

Había amado al hombre antes de conocer su nombre.

Quizá esa era la única verdad que todavía no había sido destruida.

Me acerqué.

—¿Eres príncipe?

Adrián sonrió débilmente.

—No.

—¿Rey?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué eres?

—Un hombre que huyó de una corona que nunca quiso.

—¿Y por qué?

Su mirada se volvió distante.

—Porque vi lo que el poder hizo con nuestras familias.

Se acercó al trono.

Pasó los dedos sobre la madera tallada.

—Mi padre murió intentando proteger la Casa de Armand.

—¿Quién era?

Adrián miró a mi madre.

Ella respondió:

—El hermano menor de Gabriel.

Me quedé helada.

—¿Gabriel era tu tío?

Adrián asintió.

—Sí.

Todo comenzó a encajar.

Mi padre biológico.

El hombre que acababa de morir.

Adrián.

La Casa de Armand.

Mi madre.

La Rosa.

Alejandro.

Era una red familiar mucho más compleja de lo que jamás habría imaginado.

—Entonces mi padre y tu padre eran hermanos.

—Sí.

—Y tú y yo…

Adrián sostuvo mi mirada.

—Somos primos.

Sentí que mi corazón se detenía.

La palabra cayó entre nosotros como una sentencia.

Primos.

Di un paso atrás.

No podía respirar.

Todos aquellos recuerdos.

Todos aquellos momentos.

Los besos.

Las miradas.

Las noches en las que había deseado olvidar que era reina.

Todo parecía transformarse de repente.

—No.

Adrián se acercó.

—Escúchame.

—No.

—No sabía quién eras cuando te conocí.

—¿Cuándo lo supiste?

Silencio.

—Adrián.

—Después.

—¿Después de qué?

—Después de enamorarme.

Sentí que las lágrimas recorrían mis mejillas.

—¿Cuánto después?

—Meses.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque ya era demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para qué?

—Para dejar de amarte.

Cerré los ojos.

No quería escucharlo.

Pero necesitaba hacerlo.

—¿Mi padre sabía?

—Sí.

—¿Mi madre?

—Sí.

—¿La duquesa?

—También.

Miré a todos.

—¿Y nadie pensó que tenía derecho a saber que el hombre que amaba pertenecía a mi propia familia?

Mi madre dio un paso hacia mí.

—Hija…

—No.

Me aparté.

—No me llames hija.

Mi madre se detuvo.

Sentí inmediatamente arrepentimiento.

Pero estaba demasiado herida para retirarlo.

Adrián se acercó.

—Nunca quisimos hacerte daño.

—Pues lo hicieron.

—Lo sé.

—¿Y ahora qué?

Adrián señaló el documento.

—Ahora debemos terminar lo que comenzó hace siglos.

—¿Qué significa eso?

Me entregó el papel.

Lo tomé.

Era un documento antiguo.

La tinta estaba casi descolorida.

Leí.

«Cuando la sangre de Armand vuelva a unirse bajo una misma corona, la Rosa perderá su poder.»

Levanté la mirada.

—¿Qué significa “volver a unirse”?

Adrián respondió:

—Que tú y yo debemos reclamar juntos la Corona de Armand.




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