La Gran Reina Y Los Secretos De La Corte

Capítulo 10 El hombre que regresó de la muerte

—No lo abras.

La voz volvió a atravesar el archivo.

No era una voz desconocida.

No era una voz que perteneciera a uno de los hombres de la Rosa.

No era siquiera una voz que pudiera confundirse con la de un extraño.

Era una voz que yo había escuchado durante toda mi infancia.

Una voz que alguna vez me había dado seguridad.

Una voz que había pronunciado mi nombre cuando yo tenía miedo de las tormentas.

Una voz que había estado junto a mi cama cuando enfermaba.

Una voz que me había enseñado a montar a caballo.

Una voz que me había dicho que una reina jamás debía mostrar miedo delante de sus enemigos.

La voz de mi padre.

Del hombre que me había criado.

Del rey que durante toda mi vida había considerado mi verdadero padre.

Pero aquello era imposible.

Porque aquel hombre estaba muerto.

O eso había creído.

Mi respiración se detuvo.

Sentí que Adrián se colocaba delante de mí, protegiéndome.

Alejandro retrocedió un paso.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Sir Edmund, que permanecía cerca de la entrada del archivo, palideció.

El duque y la duquesa de Valmont se miraron sin decir una palabra.

Entonces la figura avanzó lentamente hacia la luz de las lámparas.

Su rostro permaneció parcialmente oculto por la sombra.

Yo no podía moverme.

No podía hablar.

Solo podía mirar.

—No… —susurré.

El hombre levantó lentamente la cabeza.

Y entonces lo vi.

El cabello había encanecido.

Su rostro estaba mucho más delgado.

Una cicatriz atravesaba su ceja izquierda.

Pero los ojos…

Aquellos ojos eran imposibles de olvidar.

Azules.

Profundos.

Tristes.

Los mismos ojos que me habían observado cuando era niña.

Los mismos ojos que yo había buscado tantas noches después de que me anunciaran su muerte.

Los mismos ojos que había visto por última vez en un retrato colocado sobre un altar funerario.

Sentí que las piernas me temblaban.

—Papá…

El hombre cerró los ojos durante un instante.

Como si escuchar aquella palabra hubiera sido más doloroso que cualquier espada.

—Sí —respondió.

Mi mundo se quebró.

—No.

Di un paso hacia atrás.

—No puede ser.

—Hija…

—¡No me llames así!

Mi propia voz rebotó contra las paredes de piedra.

Adrián se volvió hacia mí.

—Majestad…

—¡No!

Lo miré.

Después miré nuevamente al hombre.

—Tú estás muerto.

Mi supuesto padre bajó la mirada.

—Eso era lo que debía creer todo el mundo.

—¿Todo el mundo?

Sentí una oleada de rabia.

—¿También yo?

No respondió.

Y su silencio fue peor que cualquier confesión.

—¿También yo debía creer que estabas muerto?

—Era necesario.

Solté una risa amarga.

—¿Necesario?

Me llevé una mano al rostro.

—¿Sabes cuántas noches lloré por ti?

Él permaneció inmóvil.

—¿Sabes cuántas veces pregunté por qué habías tenido que morir?

Su mandíbula se tensó.

—Lo sé.

—¡No! ¡No lo sabes!

Mi voz se quebró.

—No sabes lo que fue crecer creyendo que el hombre que me había criado había sido asesinado. No sabes lo que significó aprender a gobernar sin ti. No sabes cuántas veces deseé poder volver a escuchar tu voz.

—Lo sé.

—¡No lo sabes!

Esta vez grité.

Y mi grito se convirtió en un eco doloroso.

El hombre dio un paso hacia mí.

Adrián levantó su arma.

—No se acerque.

Mi supuesto padre se detuvo.

—Adrián.

El tono con el que pronunció su nombre hizo que todos quedáramos inmóviles.

Adrián bajó ligeramente el arma.

—Usted…

—Sí.

—Pensé que había muerto.

—Todos debían pensarlo.

—Gabriel también.

El silencio cayó como una piedra.

Mi corazón comenzó a latir con violencia.

—¿Qué has dicho?

Mi padre miró hacia mí.

—Gabriel no murió esta noche.

Sentí un frío profundo recorrerme.

—Lo vimos caer.

—Lo sé.

—Le dispararon.

—También lo sé.

—Entonces…

—La bala que recibió no era necesariamente la que debía matarlo.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué significa eso?

No respondió inmediatamente.

Miró el enorme libro que reposaba sobre el pedestal.

La inscripción dorada parecía brillar bajo la luz.

LA VERDAD DE LAS SIETE CORONAS.

—Ese libro —dijo— no contiene solamente la historia de las siete coronas.

Se acercó un poco.

—Contiene la verdad sobre quién ha gobernado realmente Europa durante generaciones.

La duquesa de Valmont palideció.

—No…

Mi padre la miró.

—Sí, duquesa.

—Entonces usted sabe…

—Sé demasiado.

La duquesa bajó la mirada.

Yo observé a todos.

Cada rostro.

Cada gesto.

Cada silencio.

De repente comprendí algo que me aterrorizó más que la aparición de mi padre.

Todos parecían saber algo.

Todos menos yo.

Otra vez.

—Estoy cansada.

Mi voz salió casi en un susurro.

—Estoy cansada de ser la única persona que no conoce la verdad sobre su propia vida.

Nadie habló.

—Mi madre me ocultó que estaba viva.

Miré a mi madre.

—Mi secretario resultó ser mi hermano.

Alejandro bajó la cabeza.

—Adrián resultó ser un Armand.

Lo miré.

—Y además mi primo.

Adrián apretó los labios.

—Gabriel resultó ser mi padre biológico.

Sentí que me costaba respirar.

—Y ahora el hombre que me crió, el hombre cuyo funeral presencié, aparece frente a mí diciéndome que nunca murió.

Miré nuevamente al hombre.

—¿Quién demonios eres?

Mi padre cerró los ojos.

—El hombre que intentó salvarte.

—¿De quién?

Abrió los ojos.

—De mí mismo.

No entendí.

—¿Qué significa eso?




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